Mes de la Cabra - Verano de 1156
La lluvia caía con enorme fuerza formando una tupida cortina que impedía ver más allá de unos pocos metros. El suelo se había reblandecido en cuestión de minutos y la tormenta los había calado hasta los huesos.
La joven samurai-ko avanzaba utilizando su naginata como si fuera un bastón. La sangre que manaba de la parte interior de su brazo, lejos de la protección de la armadura, recorría el asta del arma antes de caer al suelo deslizándose perezosa por la hoja de acero.
A su lado caminaba trabajosamente un bushi con un corte en el costado, aunque trataba de disimular el dolor. Entre los dos, sujetaban a un compañero malherido que arrastraba los pies al borde de la inconsciencia.
Por fin se detuvieron frente a la casa, a merced del aguacero. Uno de los campesinos que les había conducido hasta allí llamó a voces sin atreverse a entrar.
Hideyori interrumpió la lectura de la carta que le habían entregado tan solo unos minutos antes. En ella, Itaro el comerciante, le informaba acerca de que aún no había podido cumplir el encargo que el gokenin le había hecho semanas atrás. Le aseguraba que no tardaría mucho tiempo hasta localizar para él algún mapa de la región.
Hideyori depositó la carta a la derecha del cojín sobre el que se sentaba y aguardó aparentando una paciencia que no sentía. La fuerza de la tormenta repiqueteaba contra el tejado de manera rítmica, casi hipnótica. Hideyori había encontrado este sonido relajante hacía tan solo unos instantes, pero ahora contribuía a exasperarle mientras aguardaba.
Los paneles shoji se deslizaron con un sonido suave y Kitsu Jumen entró en aquella estancia aromatizada por las varillas de incienso que humeaban perezosamente en un quemador.
—Hideyori, han llegado tres samurai heridos…
—¡Hazles pasar de inmediato!— ordenó con un tono de reprimenda el gokenin.
—Se niegan a mancillar vuestro hogar con la impureza de la sangre— informó el veterano Kitsu que decidió pasar por alto la impaciencia del joven.
Hideyori se encaminó hasta la entrada de la casa y se detuvo en la engawa, a cubierto de la lluvia. Ignoró a los campesinos curiosos que se arrodillaron al verle y contempló a los recién llegados.
La joven guerrera vestía una armadura de color tierra y negro rematada por un llamativo casco con el mon de los Matsu y una larga melena que parecía la de un león. Un flequillo rebelde y empapado le cubría parte del rostro. Hideyori se percató de la herida del brazo pero fue incapaz de determinar si era grave o no.
Con la ayuda de un bushi Akodo, que sufría una fea herida en el costado, sujetaba a un tercer guerrero cubierto de sangre.
—¡Rápido! ¡Avisad a Nogura!— ordenó Hideyori.
El cielo plúmbeo mostró durante un instante fugaz la herida del rayo, que dibujó implacable una cicatriz luminosa anticipando el poderoso bramido del trueno.
Bajo la tormenta, los dos samurai que sujetaban a su compañero lastimado realizaron una solemne reverencia. Hideyori percibió el dolor en el rostro del Akodo, un dolor incrementado por el esfuerzo del saludo que le había dedicado.
El joven gokenin caminó hacia ellos abandonando la protección de la engawa y deteniéndose a unos pasos de los visitantes, correspondió a la reverencia bajo la lluvia.
—Se os atenderá de inmediato— anunció el bushi—. Mi nombre es Akodo Hideyori, y administro estas tierras para nuestro señor Kiyomori-sama. Hablaremos más tarde, pues veo que ahí llega el shugenja.