Cada día al amanecer, Hideyori acudía al dojo donde practicaba durante una hora bajo la severa mirada de sensei Jun. Y cada día, tras finalizar los ejercicios, el bushi se inclinaba ante su maestro esperando el veredicto.
Si sensei Jun le devolvía el saludo, Hideyori disfrutaba de un paseo con su maestro que le aleccionaba mientras caminaban. Si por el contrario, el anciano se marchaba sin corresponderle, Hideyori debía practicar durante otras dos horas y no vería a su maestro hasta el nuevo alba.
Si cometes un error, debes enmendarlo. No hacerlo supone un error aún mayor…
Jun le había pedido esa mañana que realizase la kata "El Imperio descansa sobre el filo", pero en aquella ocasión, acompañando el uso de la katana debía emplear un abanico de guerra.
Como siempre que realizaba correctamente aquella kata, el joven se sentía más capaz de afrontar cualquier desafío, sin embargo aguardó con una leve incertidumbre el dictamen de su maestro.
—¡Caminemos un rato, Hideyori!— aprobó el anciano.
Los dos hombres abandonaron el dojo y cruzaron el camino que separaba Omiatsu de Jingore adentrándose en el barrio campesino.
Una buena espada, es una espada precisa.
Lo mismo que un guerrero debe asestar un golpe certero en la batalla, un señor no puede fallar en sus decisiones.
Callejearon entre las viviendas de los heimin en cuyo interior aún dormitaban los niños guardando sus gritos, risas y juegos para más tarde. Pronto llegaron a un gran edificio construido a base de bambú. Aquí se almacenaba el excedente de los arrozales y los otros campos y también la parte que debían entregar a Kiyomori en concepto de impuestos.
Solamente un estúpido desenvaina su espada precipitadamente, ya que el mundo entero descansa en su filo.
Akodo Jun, conocido como Espada Precisa era un sensei león atípico. Dominaba a la perfección las técnicas Akodo sí, pero al mismo tiempo sus enseñanzas discurrían por un camino un tanto diferente al que marcaba la tradición.
Un samurai debe administrar el poder de la espada con atención.
Si bien se espera de él una respuesta rápida y valerosa, no es deseable perder la perspectiva de las cosas.
Cada detalle de la vida se refleja en la hoja de una espada.
Aquel que comprende la senda de la espada, sabe aprovechar esta verdad.
Nada es igual después de que la espada ha dejado la saya.
Akodo Un-Ojo siempre había mostrado su rechazo a las enseñanzas de Shinsei. Como muestra de respeto al Shintao, la religión oficial del Imperio, en cada dojo Akodo existía una copia del Tao pero nunca podría ser abierta. Jun respetaba esta máxima pero no compartía el desdén que la mayoría de los León sentía hacia el Shintao.
Por el contrario, Jun estaba muy apegado a las ideas de Shinsei y cuando alguien osaba echarle en cara su desvío de los dogmas de Akodo Un-Ojo, él siempre recitaba el comienzo del último párrafo de Liderazgo, el gran compendio ideológico escrito por el fundador de la familia:
"Estamos aquí para servir al Emperador"…
Y si Él ha adoptado el Shintao como la religión oficial, debemos estudiarla y respetarla sin descuidar el Camino de Akodo.
El metal tiene su prueba en el fuego, el hombre en lo que dice.
Hideyori contempló a su maestro mientras meditaba sobre sus enseñanzas y no pudo evitar que la emoción le embargase al mezclarse en su estómago y su pecho el profundo respeto y el amor que sentía para con su mentor mientras éste observaba la actividad rítmica y constante de los campesinos en el arrozal.
—A juzgar por tu expresión estoy hablando demasiado— bromeó el sensei— como un viejo charlatán.
—¡De ninguna manera!— se escandalizó Hideyori—. ¡Vuestras palabras son tan sabias como necesarias!
El anciano sonrió divertido por la broma pero viendo el azoramiento de su alumno decidió aliviarlo.
—Sin embargo, creo que algo te preocupa…
—Maestro, como sabéis Kiyomori-sama ha ampliado los dominios de Haru no Akebono con las tierras de Onota y ha puesto a sus samurai bajo mi responsabilidad.
—No tienen otra alternativa que aceptar la voluntad del daimyo— afirmó Jun—, pero me consta que lo han hecho de buen grado.
—Lo sé, lo sé— reconoció el alumno—. Sin embargo, no sé si he distribuido adecuadamente las responsabilidades.
—Hiroji y su esposa seguirán en Onota e Ietsugu se ocupará de tus cosas en Kun— recordó el sensei—. Banasu te respeta y sé que su destino en Iwaki le agrada. En cuanto al consejo de Jumen, creo que te vendrá bien.
—Pero…— dudó Hideyori.
—Dice Shinsei— interrumpió el anciano—Sí corres, corre, si andas, anda…
—…¡pero no dudes!— completó Hideyori la cita del Tao—. Vuestra sabiduría es un tesoro que no merezco, sensei.