Rugashi estaba situada en una terraza en medio de la enormidad de las llanuras del León. Su muralla estaba pensaba para contener el flujo de mercancías y personas que entraba y salía incesantemente de la ciudad más que para proporcionar una idónea defensa. La importancia comercial de este enclave era vital para la economía de los Kitsu y, por tanto de todo el clan.
La Carretera del Emperador conectaba las tierras del Unicornio con Tonfajutsen y más allá con Shiro Akodo y las tierras de la Grulla, mientras que la Carretera Siempre en Guardia unía Toshi Ranbo y Oiku con Kyuden Ikoma. La estratégica ubicación de Rugashi en la encrucijada de estas dos importantes calzadas aseguraba un trasiego constante de mercancías, lo que propiciaba la bonanza económica de aquella zona.
La ciudad tenía cuatro accesos principales, grandes portones que permanecían abiertos durante las horas de luz y frente a los cuales siempre había caravanas y viajeros que aguardaban su turno de entrada o salida.
La Puerta de Akodo, a la que casi todo el mundo se refería como la puerta de Oiku, se encontraba en la muralla oriental y cada día era la primera en abrirse, para saludar el despertar de Dama Sol.
La Puerta de Kitsu en el muro occidental, se abría inmediatamente después. De este modo, se le indicaba a Amateratsu la dirección en la cual debía avanzar para que no se perdiese en la inmensidad celestial.
En la zona norte de la ciudad, se levantaba la Puerta de la Espada Veloz, en la que existía un tráfico constante de caravanas que entraban y salían durante todo el día. Esta puerta era invariablemente la última en cerrarse cada jornada debido al gran volumen de trafico que la cruzaba en ambos sentidos.
Por último, la Puerta de Foshi, localizada en la parte meridional de la muralla, contaba con un tráfico mayoritariamente interno y aunque era frecuente encontrar caravanas y viajeros que provenían de más allá de las tierras del León, por estas puertas pasaban principalmente cargamentos de grano procedentes de los extensos campos de Foshi que luego eran redistribuidos en las provincias Akodo para aprovisionar convenientemente a los ejércitos de Ginawa.
Rugashi era un anodino conjunto arquitectónico, con grandes avenidas y amplios espacios en su zona central. Cuanto más se alejaba uno del centro, más estrechas y retorcidas se tornaban las calles y menor distancia separaba unos edificios de otros.
En Rugashi se podía encontrar prácticamente de todo, y los guardias y magistrados Kitsu mantenían el orden en cada momento. Mientras otras ciudades cosmopolitas del Imperio eran decadentes y peligrosas, en Rugashi las autoridades perseguían con gran celo y eficacia cualquier forma de corrupción.
Rugashi podía ser un enclave atestado y bullicioso, pero paradójicamente era considerado un lugar tranquilo y sobre todo, una ciudad segura.
Hideyori pudo comprobarlo mientras paseaba por sus calles al atardecer en compañía del coloso ronin que atraía sin remedio las miradas de los curiosos. El joven Akodo descubrió que a pesar de lo que en principio parecía indicar aquel rostro endurecido por una vida difícil y las señales de la reciente batalla, Ogai apenas era dos o tres años mayor que él.
—En unos pocos días— informó Hideyori— y gracias a la ayuda de Itaro, habré terminado aquí.
—El mercader es un buen hombre— replicó Ogai— y te está agradecido por la ayuda, igual que lo estoy yo.
—Olvida el asunto— pidió el Akodo—. Solo hice lo correcto.
Los dos hombres caminaron en silencio durante unos segundos.
—¿Y cuales son tus planes?— se interesó Hideyori.
—¿Planes?— sonrió Ogai sorprendido por la pregunta—. Los ronin no tenemos planes. Quizá me dirija hacia el norte, o quizá hacia el sur. Si nos llaman hombres-ola es precisamente porque no estamos gobernados por el destino.
—Todos estamos gobernados por el destino— concluyó Hideyori.
—¡Quizá tengas razón!— aceptó el gigante sonriendo amargamente—. En cualquier caso, haga lo que haga no escaparé del invierno.
El joven Akodo malinterpretó las palabras de su acompañante y pensó que atesoraban una gran profundidad. No entendió que el ronin era poco amigo de la metáfora y el eufemismo y que en realidad se estaba refiriendo a la época del año más dura para los samurai sin señor. Por el contrario, pensó que Ogai se refería a la inevitabilidad de la muerte.
—Verás Ogai. Mi daimyo me ha puesto a cargo de unas pequeñas tierras y creo que me vendría bien tu ayuda.
El ronin guardó silencio mientras meditaba las palabras de Hideyori.
—Te proporcionaría comida y un lugar para vivir. Y una paga por supuesto— añadió el Akodo—. Y si en algún momento deseas marcharte, no te retendré…
—Te agradezco la oferta, pero me gustaría pensarlo. ¿Qué te parece si compartimos unas botellas de sake mientras lo discutimos?
—Me parece perfecto— aprobó Hideyori—. Aunque después de la primera yo me pasaré al té.
Ogai celebró las palabras del Akodo con una sonora carcajada pensando que se trataba de una broma, lo que sobresaltó a algunos viandantes.
—Ya que mencionas lo del sake— continuó Hideyori—… En Iwaki tenemos un taller donde lo destilamos…
—¡Interesante!— exclamó el ronin—… ¿Cómo has dicho que se llama ese sitio?