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18.- Un reencuentro inesperado (Parte III)

Por BlackSheep - 4 de Diciembre, 2007, 20:38, Categoría: 1.- Relatos

Itaro el comerciante sabía leer el rostro de las personas. Con un simple vistazo era capaz de averiguar si podía seguir negociando un precio, si intentaba engañarle su interlocutor o si por el contrario se trataba de alguien de fiar.

Durante muchos años, sus negocios en Rugashi habían dado buenos réditos en parte gracias a ese talento innato. Por este motivo, confiaba en no haberse equivocado al contratar a su inquietante guardián.

Itaro el comerciante sabía además adaptarse a las circunstancias y aprovechar las buenas oportunidades cuando se presentaban. Ello le había hecho desembarcar su cargamento en el embarcadero de aquel villorrio León a orillas del Río del Mercader Ahogado.

La ruta que había decidido seguir hasta Rugashi no era ni la más convencional ni la más segura, pero eludiría así el gravamen de unos siempre inoportunos aranceles. Sin embargo, no era éste el principal motivo por el que había decidido seguir aquel camino. Itaro era un mercader que trabajaba en Rugashi para la familia Mirumoto y la situación de guerra entre los dos clanes podía envenenar el juicio de algunos guardias que quizá podrían retrasarlo, requisar su mercancía o incluso tratarlo como un espía.

La carga era transportada por tres carretas tiradas por varios hinin. Itaro caminaba a pie, aunque podía permitirse pagar un palanquín y sus porteadores, acostumbraba a no hacer nada que atrajese las miradas de los extraños innecesariamente. La comitiva la cerraba un único y gigantesco sicario.

Itaro hubiese podido contratar a algunos otros ronin que se encontraban ociosos en el pueblo del embarcadero, pero los rostros de los mercenarios le advirtieron que éstos no eran de fiar.

El forzudo gigantón era otra cosa distinta. El mercader supo con solo mirarlo que aquel hombre poderoso escondía algún oscuro secreto, quizá un pasado sangriento. Pero vio en aquellos ojos que podía confiar en él, así es que decidió pagar por su protección.

Cuando se detuvieron rodeados por varios hombres de aspecto desaliñado armados principalmente con herramientas de trabajo, Itaro el comerciante supo que se encontraban en problemas. Ocho hombres, aunque ninguno era un auténtico guerrero, eran demasiados incluso para aquel hombre.

—¡Mercader!— gritó uno de los rufianes que parecía ser el cabecilla— ¡Has de pagar el derecho de paso! ¡Afloja la bolsa!

Itaro dudó unos instantes y cuando escuchó la poderosa voz de su guardián no pudo evitar un sobresalto.

—¿Deseas pagar?— Preguntó el sicario liberando un descomunal martillo de la sujeción que lo anclaba a su espalda.

El comerciante no tuvo ocasión de responder al ronin pues a una orden de su jefe tres bandidos cargaron contra el guerrero.

El poderoso ronin sujetó el gran dai-tsuchi con ambas manos y lanzó un grito atronador con el rostro congestionado. Aquella fiera expresión, unida a la excepcional envergadura del gigante bastó para acobardar a dos de los forajidos, que interrumpieron su carga.

El martillo de guerra dibujó una trayectoria mortal que acabó con la vida del único atacante de un solo golpe mortífero y brutal.

—¡Aplastaré vuestras cabezas!— desafió intimidante aquel gigante de cráneo rasurado que vestía una castigada armadura ashigaru para protegerse.

Los bandidos rodearon al ronin mientras Itaro y sus hinin se refugiaban bajo las carretas.

El gigante, que superaba los dos metros de altura, sopesó la situación.

Sencillamente eran demasiados.

Aquellos bandidos esgrimían herramientas cotidianas a excepción de su jefe, que sujetaba un bo y de otro de los atacantes que recurría a una descuidada katana.

Los forajidos comenzaron a moverse en círculos tratando de desorientar a su presa mientras el líder se mantenía al margen. Comenzaron a hostigar al ronin lanzando tentativas de ataque que solo buscaban ponerle a prueba y fatigarle.

Finalmente, uno de los bandidos se arrojó contra él realizando movimientos circulares con dos kama. Aquellos utensilios se utilizaban normalmente para segar o cortar caña, pero su filo cortante podía resultar muy peligroso a cortas distancias.

El ronin volteó el martillo por encima de su cabeza y golpeo brutalmente el pecho de aquel desafortunado que cayó al suelo sin vida en medio de un siniestro crujido de huesos.

El instinto del sicario le permitió evitar un golpe que provenía del flanco izquierdo. De manera fulgurante, interpuso el asta de su dai-tsuchi para detener el ataque. El sonido seco de la madera resonó con fuerza.

El guerrero levantó de nuevo aquel pesado martillo fatal buscando a su atacante, que utilizaba un remo de considerable longitud como arma.

De pronto algo se abatió sobre él trabando el movimiento de su arma. Alguien le había arrojado una amplia red de pesca por la espalda y varios bandidos comenzaron a jalar de la misma.

El ronin se volvió enredándose aún más y sujetó la red. Tres de los bandidos tiraban de ella tratando de desequilibrarle sin conseguirlo.

El forajido del remo comenzó a aporrear desde atrás al gigante con una sucesión rápida de golpes mientras éste luchaba por no ser derribado. La sangre recorrió el rostro del sicario proveniente de un corte en la ceja.

De pronto, el aire se llenó de un extraordinario sonido. Aquella vibración sutil reverberó con los ecos de cien batallas, el canto del noble acero abandonando la saya, la inconfundible cadencia del preludio del combate.

—¡Malditos indeseables!— gritó el recién llegado avanzando hacia ellos—. ¡Pagaréis con la vida!

El jefe de los bandidos se interpuso en el camino del samurai león con el apoyo de uno de sus secuaces, el que empuñaba la vieja katana.

Hideyori, pues de él se trataba, lanzó un furioso ataque contra el bandido que empuñaba la espada sin derecho a hacerlo.

El bushi canalizó su Aire para aumentar la rapidez y ofuscado por la desfachatez de aquel canalla que insultaba el Orden Celestial esgrimiendo un arma para la que no era digno, concentró su Fuego espiritual.

Aquella combinación fue letal para su oponente. La hoja de Hideyori seccionó tejido y huesos con enorme facilidad.

Hideyori notó un fuerte dolor en la mano con la que sujetaba la espada pero consiguió evitar ser desarmado. El jefe de los bandidos había logrado pillarle desprevenido.

El joven bushi se dio cuenta de su error. En lugar de haber estudiado a sus enemigos para descubrir quien era el oponente más peligroso, había reaccionado impulsivamente comprometiendo sus posibilidades de victoria.

Retrocedió algunos metros y trató de calmarse. Su enemigo realizaba vertiginosos movimientos circulares con el bo demostrando una gran pericia.

Hideyori recordó las enseñanzas de su sensei.

Existen cinco elementos…

Aire, Fuego, Tierra, Agua y Vacío…

Estos elementos conviven en un equilibrio perfecto que hace que exista el Universo tal y como lo conocemos…

Cada persona es también un Universo…

Canaliza tu Aire y serás rápido…

Canaliza tu Fuego y tendrás éxito en tus maniobras… 

Canaliza tu Tierra y resistirás…  

Canaliza tu Agua y serás poderoso… 

Canaliza tu Vacío y conocerás tu Fuerza Interior 

Un guerrero debe cuidar el equilibrio de su propio Universo…

Hideyori ralentizó su respiración y trato de alcanzar la serenidad del equilibrio espiritual. El Fuego y el Aire habían descontrolado el Agua y la Tierra que se debatían furiosas como un mar embravecido rompiendo contra los acantilados.

El autocontrol del Akodo dominó la tormenta y su Agua se convirtió en una superficie serena como la de un lago interior.

De pronto, su enemigo lanzó un ataque relámpago perturbando la superficie del Agua de Hideyori.

El Aire de su oponente frente a su propio Agua.

La rapidez de su adversario contra la técnica de Akodo.

Cuando la hoja del samurai partió en dos a su atacante, Hideyori había logrado el equilibrio perfecto.

El gigantón sufría un duro castigo con los golpes del remo. Repentinamente, cargó hacia los bandidos que tiraban de él e impulsado por la fuerza de sus enemigos se arrojó contra ellos derribándolos a todos.

Preso de una furia incontrolable y libre por fin de la red, se arrojó con las manos desnudas contra el remero, rehusando desnudar la katana.

El bandido cayó con el furioso ronin sobre él. Sus grandes manos apresaron la cabeza del forajido y la golpearon violentamente contra el suelo una y otra vez causándole la muerte.

Los tres bandidos supervivientes huyeron a la carrera.

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