Itaro el comerciante sabía leer el rostro de las personas. Con un simple vistazo era capaz de averiguar si podía seguir negociando un precio, si intentaba engañarle su interlocutor o si por el contrario se trataba de alguien de fiar.
Durante muchos años, sus negocios en Rugashi habían dado buenos réditos en parte gracias a ese talento innato. Por este motivo, confiaba en no haberse equivocado al contratar a su inquietante guardián.
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