Hideyori se sorprendió con la gran actividad que desplegó Nogura una vez fueron puestos al corriente de los dramáticos sucesos que habían ocurrido en Onota.
Para alivio de aldeanos y samurai, el Kitsu realizó uno tras otro múltiples rituales de purificación sobre los edificios y sus habitantes. Además, se ocupó de tratar los casos de heridas más graves.
Al no haber otro shugenja en el pueblo, había supervisado además la preparación del cadáver de Kotaro, comprobando que los hinin, aquellos que pertenecen a la casta de los intocables, seres impuros relegados a realizar tareas que nadie más osaría acometer, habían humedecido los labios del fallecido con una mezcla de agua y sal, lo que suponía la última comida del difunto. Después de esto, habían limpiado escrupulosamente el cuerpo, lavando su cabello y frotando incluso debajo de las uñas.
Cuando Nogura dio el visto bueno, un joven samurai perteneciente a la familia Akodo, de semblante serio e imperturbable, montó guardia junto al cadáver a modo de humilde guardia de honor.
El shugenja se reunió finalmente con Hideyori y Jumen para tomar una frugal cena. Otros dos Akodo que respondían a los nombres de Ietsugu e Hiroji se encontraban con ellos.
—Jumen-san— comenzó a hablar el shugenja—… Por más que repaso los detalles de lo sucedido, no acabo de comprender algunas cosas. ¿Sería posible que nos contarais una vez más lo sucedido?
El veterano Kitsu, quien se desenvolvía con una soltura sorprendente valiéndose de su único brazo, colocó los palillos sobre su cuenco humeante y tras limpiarse cuidadosamente los labios bebió un trago lento y largo de aquel fuerte sake que todos compartían.
—Poco antes del amanecer, alertados por las voces de aviso de algunos aldeanos, abandonamos el interior de nuestros hogares y presenciamos un espectáculo que nos dejó sin palabras.
Brillantes luces de colores estallaban con un parpadeo cegador a cierta distancia del pueblo.
Kotaro-san enseguida supo ver el peligro y nos organizó a todos antes de que pudiéramos siquiera entender lo que ocurría.
¡Y entonces aparecieron!.
Surgida de la noche, como si la misma oscuridad la vomitase ante nosotros, una horda de retorcidas criaturas chillonas nos cayó encima. Tenían la piel dura y correosa, de un tono oscuro como el pútrido cieno verdoso de un pantano. Semejaban verdaderos diablos deformes, gritones, que no levantaban del suelo más que la altura de un niño.
El combate fue feroz.
Nos superaban en número, se lanzaban sobre nosotros sujetándonos, usando garras y dientes para lastimarnos y algunas de esas odiosas criaturas incluso utilizaban torpes remedos de armas.
La situación era tan grave que incluso yo, después de tantos años, empuñé mi katana con la intención de ayudar a los míos o morir en el intento como el guerrero que una vez fui.
Pero el destino no quiso que yo me hiciese uno con el Vacío. Fue Kotaro-san el llamado a reunirse con los ancestros. Y lo hizo del modo que él hubiera preferido, batiéndose valerosamente en el campo de batalla.
Gracias a la fuerza de nuestros antepasados logramos ir resistiendo hasta que aquellas grotescas criaturas volvieron repentinamente igual que habían llegado, como si obedecieran a una voluntad común, pero no antes de incendiar nuestro almacén de grano.
Minutos después desapareció aquel misterioso resplandor y luchamos contra el mundano peligro del fuego que podría consumir el pueblo rápidamente.
Finalmente reunimos todos los cuerpos de esas criaturas y los quemamos para librarnos de ellos, como ya habéis podido comprobar.
—Existe en la escuela Kitsu de Foshi un puñado de documentos que tratan sobre extrañas criaturas y creo saber, por vuestras palabras, cual es la naturaleza de los seres que os atacaron.
El shugenja detuvo cualquier réplica con un suave gesto de la mano antes de proseguir.
—Estoy convencido de que vuestros atacantes eran trasgos de las Tierras de la Sombra.
La revelación de Nogura provocó un gran impacto en los presentes.
Las Tierras de la Sombra se encontraban a una gran distancia al sur del imperio. Contenidas por las Montañas del Crepúsculo y la excepcional vigilancia del clan del Cangrejo, muy especialmente en la Muralla Kaiu donde se habían librado cruentas batallas por la supervivencia de Rokugan a lo largo de los siglos, horribles abominaciones compartían una sed de venganza y destrucción alimentada por un odio y un resentimiento que provenían del principio de Todo.
Sin embargo, aunque existían leyendas y registros de casos en los que terroríficas criaturas habían rebasado la vigilancia de los hijos de Hida, lo cierto es que según se contaba, la calma en el Muro del Carpintero duraba ya un buen tiempo.
—Estos trasgos son seres desorganizados y con una inteligencia un tanto limitada. No puedo explicarme como han podido llegar tan al norte— continuó Nogura—. Pero si algo constituye un misterio para mi son esas extrañas luces que mencionáis. Por lo que contáis Jumen-san, se puede deducir que el ataque provino de allí y que ese punto fue el lugar al que volvieron en su retirada.
—Hemos seguido el rastro de sus huellas hasta el lugar donde desaparecen incomprensiblemente, pero no hemos encontrado nada que nos ayude.— informó Hiroji.
—Yo también he examinado el lugar— confesó Nogura—, y como bien decís no hay señales aparentes que expliquen lo que ha sucedido. Ahora bien, he hablado con los espíritus del Aire y la Tierra y puedo afirmar que las criaturas surgieron y desaparecieron en ese preciso punto, donde brillaban esas extrañas luces. Y sobre esto, no he leído nada en los documentos de Foshi. Este aspecto supone, como he dicho antes, un misterio para mí.
—¡Estaremos alerta!— anunció Ietsugu con bravura— ¡Si regresan nos encontrarán preparados!.
—Permitidme una pregunta, Jumen-san— intervino Hideyori—. Onota es un lugar magnífico sin duda, pero me sorprende que tantos honorables samurai hayáis formado vuestro hogar aquí…
—Onota no es más que una pequeña aldea campesina— reconoció Jumen—, pero cuando Akodo Kotaro, veterano de muchas batallas, perdió a su hijo que peleaba junto a él contra los traicioneros Daidoji, Kiyomori-sama lo distinguió con el título de gokenin de Onota.
Kotaro no se olvidó de sus compañeros de armas, veteranos que habían encontrado la muerte o que sufrieron terribles heridas en las emboscadas de los taimados Grulla.
Así, se trajo consigo a las viudas e hijos de algunos compañeros caídos, y dio cobijo a Akodo Amane que murió meses después dejando a su cuidado a Banasu.
Aquel maldito día, después de innumerables batallas juntos, yo perdí mi valía como guerrero. Rechacé su oferta de acudir juntos a Onota pero él me ofreció una salida honorable que no pude rebatir.
"Mi señor me ha pedido que le sirva en un frente muy distinto ahora, pero yo soy un guerrero y no se si seré capaz de salir victorioso en las pequeñas cosas del día a día...
Necesito un shireikan de lo cotidiano, un estratega de estas nuevas batallas que me esperan.
Y no conozco nadie mejor en quien confiar".
Desde entonces he considerado a Kotaro mi señor pues amigos ya lo éramos hacía mucho tiempo, y he tratado de ayudarle lo mejor que he sabido.
Banasu, Hiroji e Ietsugu han aceptado la deuda de gratitud de sus padres y han continuado aquí fielmente.
En cuanto sea posible informaremos a Kiyomori-sama de las nuevas, y él dispondrá nuestro futuro.
Lo único que me preocupa ahora es disponer un funeral digno para Kotaro.
Hideyori estaba conmovido por las palabras de Kitsu Jumen. Aquel relato de fidelidad y honor, de camaradería y amistad, le había calado muy hondo. A pesar de todo, una hermética expresión de estoicismo velaba sus emociones tan bien como lo habría conseguido la mejor máscara Bayushi.
—Jumen-san— habló Hideyori—, me apena no haber conocido en persona a Kotaro-sama. Pero he conocido parte de su legado y los aquí presentes y el fiel Banasu que custodia el cuerpo de su señor dan fe de su enorme valía.
No quiero disturbar con mi presencia la intimidad de los ritos funerarios, pues como bien decís merece un sepelio digno. Por eso continuaré mi viaje al amanecer para no importunaros más… Pero si vos y Nogura lo consideráis apropiado, mi amigo shugenja podría permanecer en Onota para ocuparse del funeral.
El veterano Kitsu agradeció al Akodo con una profunda reverencia el generoso ofrecimiento y aunque fue incapaz de articular palabra alguna, Jumen había comprendido la nobleza del joven cuando distinguió respetuosamente a Kotaro con el sufijo sama al referirse a su camarada.
Cuando el joven bushi dirigió la mirada a su amigo Nogura éste inclino ligeramente la cabeza. Hideyori descubrió que aunque los labios del shugenja no abandonaron aquel gesto solemne en ningún momento, sus sagaces ojos en cambio, le devolvían una sonrisa de aprobación.