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16.- Un reencuentro inesperado (Parte I)

Por BlackSheep - 26 de Noviembre, 2007, 19:32, Categoría: 1.- Relatos

Hideyori volvió la vista atrás desde el punto más alto del puente arqueado. No le agradaba la idea de abandonar Iwaki pero el viaje era muy necesario.

Comenzó el descenso en compañía de Nogura sin que las tablas del piso se quejaran audiblemente del peso de los viajeros.

Dejaron atrás el silencioso barrio de Ubanoru más allá del rumor del río. La quietud del distrito comercial acrecentaba la desazón que sentía el gokenin quién sólo mejoró el ánimo tras pasear junto a los árboles frutales que crecían al lado izquierdo del camino. Los pequeños pájaros callaron huidizos hasta que los dos samurai se hubieron alejado lo suficiente.

Emprendían un nuevo viaje juntos al poco de haber concluido el anterior, pues ambos jóvenes habían presentado recientemente sus respetos a los monjes de Hakamono, tal y como estaban obligados por una atadura heredada de sus antepasados.

Con la reapertura de la mina, se hacía necesario buscar una salida al cobre extraído y el mejor lugar para hacerlo era sin lugar a dudas la ciudad de Rugashi, un enclave comercial Kitsu situado en la frontera occidental de la provincia.

A Hideyori le disgustaba tener que ocuparse de tales asuntos, pues los consideraba indignos de un samurai debido a su extraordinariamente acusado sentido del honor, sin embargo no tenía más remedio que aceptar hacerlo pues ello supondría unos beneficios nada desdeñables y aunque a Hideyori no le movía la codicia, comprendía la importancia del dinero; una buena cantidad de ryo haría de Haru no Akebono un lugar más próspero y de este modo él podría cumplir mejor la voluntad de Kiyomori-sama, quien le había ordenado administrar aquellos dominios.

El camino de tierra les conducía hacia el suroeste lo que provocaba que cada paso que daban los alejara un poco más de los pequeños pero densos bosques de coníferas y las colinas más escarpadas. La solitaria senda los encaminaba por un paisaje de suaves colinas que se hacían menos onduladas cuanto más al sur se acercaban.

Después de dos largas horas de caminata, los samurai hicieron un alto refrescándose en un arroyuelo próximo al camino. Cuando Nogura se sentó junto a su amigo lo notó preocupado.

—Si no estuviera viéndote ahora mismo, pensaría que no estás aquí…

Hideyori sonrió levemente antes de responder.

—Estaba pensando en las palabras de mi maestro. Hace unos días le pregunté si conocía la causa del abandono de Haru no Akebono. 

El shugenja guardó un prudente silencio. Si su amigo quería compartir aquella información con él ya le había abierto el camino.

—Verás Nogura, todo se remonta a un suceso que aconteció hará cosa de diez años— introdujo Hideyori—. Akodo Ichiro, señor de Michinori y hermano de mi daimyo, mantenía una conocida enemistad con Akodo Domaru, señor por aquel entonces  de Haru no Akebono. En una ocasión, con motivo de la celebración del decimoséptimo año de Akodo Taikan, Domaru e Ichiro coincidieron en Oiku.

La mala relación, y probablemente el sake, propiciaron un incidente que Domaru interpretó como una ofensa. Para limpiar el insulto desafió a duelo a Ichiro y éste, haciendo uso de la potestad que le brindaba el protocolo eligió el tipo de duelo: sería a muerte.

Kiyomori reprendió públicamente a ambos y no concedió su autorización. Todo debió haber acabado allí mismo pero no fue así.

Al día siguiente, la mirada triste y mortecina de Dama Sol al amanecer reveló una trágica escena.

En uno de los jardines del castillo, junto al sendero de piedra que conduce a una delicada construcción para celebrar ceremonias del té, se encontraron los cuerpos sin vida de los dos enemigos. El duelo se había celebrado aún sin el consentimiento del daimyo y ambos habían encontrado la muerte. Ichiro había sucumbido ante la reconocida técnica Iajutsu de Domaru, mientras que éste había cometido seppuku poco después para librar su nombre familiar de la vergüenza de haber desobedecido a su señor.  

Cuando Kiyomori-sama se enteró de todo entró en cólera y ordenó que el samurai que había asistido a Domaru en la ceremonia de suicido ritual fuese conducido a su presencia.

Pero el samurai no apareció, ni tan siquiera cuando el propio Kiyomori preguntó personalmente a cada miembro del séquito de Domaru obtuvo respuesta alguna.

Como consecuencia de ello, Akodo Kiyomori desposeyó a la familia de Domaru de sus derechos sobre Haru no Akebono y expulsó de la familia Akodo a aquellos de sus seguidores que guardaron silencio.

Cuando la familia de Domaru abandonó Haru no Akebono, no lo hizo sola. Muchos de sus samurai abandonaron la senda del León y se convirtieron en hombres-ola, samurai sin señor, ronin

Aquello enfureció tanto a Kiyomori que ordenó derruir la fortaleza de Haru no Akebono y durante todo este tiempo no ha habido autoridad alguna en estas tierras.

—Hasta ahora, señor Hideyori— concluyó respetuosamente el sacerdote.

Los viajeros dejaron transcurrir algunos minutos en silencio antes de reanudar su camino. El sol estaba cada vez más alto y ya anticipaba lo caluroso de la jornada, lo que unido a la falta de viento haría el viaje más pesado.

Aún era antes del mediodía cuando Akodo Hideyori se detuvo encarándose al oeste, su gesto severo preocupó de inmediato a Nogura que solo entonces se percató de aquella columna de humo negro que se divisaba en el horizonte.

—Según me indicaron en Iwaki— informó Hideyori señalando el humo— en aquella dirección se encuentra el pueblo de Onota.

—Hideyori, tengo la sensación de que algo no va bien.

El gokenin compartía la impresión del intuitivo Kitsu y aunque albergaba dudas acerca de que aquella humareda fuese necesariamente algo anormal, las palabras de su amigo bastaron para que tomara una decisión.

—¡Investiguemos el asunto, Nogura!.

Apresuraron el paso y fueron capaces de llegar en algo más de treinta minutos al origen del fuego. Contemplaron una enorme pira que lanzaba furiosas llamaradas hacia el cielo ennegrecido por un humo negro y denso. Un repugnante e intenso hedor antinatural a carne quemada se había enseñoreado de aquel lugar.

Los dos samurai dejaron atrás la hoguera y solo cuando algunos minutos después se hubieron adentrado en el pueblo, lograron respirar con tranquilidad.

Inmediatamente se percataron de que algo no iba bien en Onota. Varios grupos de aldeanos empapaban algunos edificios aledaños a lo que parecía ser un granero que había ardido en su mayor parte. Incluso ahora podían verse varios hilos humeantes que se empecinaban en ganar una batalla perdida contra las tareas de extinción.

Los recién llegados pudieron contemplar la huellas del terror en los rostros de los otros campesinos que comenzaron a inclinarse ante su proximidad. Hideyori y Nogura avanzaron lentamente mientras los heimin se hacían a ambos lados hasta que se encontraron de frente con cuatro desaliñados samurai del clan León, sucios y ensangrentados.

Uno de ellos, que era sensiblemente más viejo que los otros, se adelantó unos pasos antes de dedicarles una ligera reverencia.

Hideyori y Nogura devolvieron el saludo y el perspicaz shugenja se percató en el acto de que aquel veterano Kitsu era un bushi tullido que había perdido su brazo derecho en alguna batalla anterior.

—Llegáis a Onota en terribles momentos, honorables viajeros— comenzó a hablar el abatido samurai— . Mi nombre es Kitsu Jumen, y durante años he asistido a mi señor Akodo Kotaro en la administración de estas tierras. Hoy mi prioridad es deparar un digno funeral a mi señor y amigo de tanto tiempo… Sois bienvenidos en cualquier caso…

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