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14.- El dojo de Haru no Akebono (Parte I)

Por BlackSheep - 8 de Octubre, 2007, 17:00, Categoría: 1.- Relatos

El camino de tierra que llevaba a Kun hacía las veces de barrera entre dos mundos trazando una línea polvorienta que separaba el barrio noble de Omiatsu del distrito campesino conocido como Jingore, pero Hideyori caminaba en compañía de Nogura ajeno a este detalle.

—Debería hacer algo con las principales calles de Iwaki antes de que lleguen las lluvias o se convertirán en intransitables— pensó en voz alta el gokenin. 

—Una medida de lo más acertada, Hideyori-san— aprobó el shugenja.

Los dos samurai se detuvieron cuando llegaron a las últimas casas y pronto descubrieron la que buscaban. Era la más alejada del pueblo.

—Esa debe ser— informó Hideyori—, ¿no crees, Nogura?

El Kitsu asintió en silencio mientras contemplaba la pequeña y modesta vivienda que su amigo señalaba con el dedo.

—Quien quiera que sea ese anciano parece que busca la tranquilidad…

Hideyori frunció el ceño al escuchar las palabras de su amigo. Los heimin se habían mostrado esquivos ante su insistencia por conocer detalles acerca del abandono del pueblo y su señor anterior. Ni siquiera Nogura, para quien los campesinos parecían ser más accesibles, había logrado obtener alguna información al respecto. Al menos el shugenja había descubierto que unas pocas semanas antes de su llegada, un anciano ciertamente celoso de su intimidad se había instalado en aquella alejada casa sin dejarse ver demasiado. El bushi deseaba obtener más información sobre el viejo y había decidido visitarlo acompañado de Nogura.

Salvaron la distancia que les separaba de la casa y Nogura se aproximó a la entrada sin traspasar el umbral.

—¡Konichiwa, venerable anciano!— saludó el shugenja—. El señor que administra estas tierras para Kiyomori-sama desea hablarte.

Una voz gastada gritó desde dentro una invitación. Hideyori creyó percibir cierto desdén en aquel graznido de cuervo y se sintió molesto. Se descalzó para no ofender a su anfitrión pero decidió llevar consigo la katana respondiendo así a la insolencia del viejo con otra. Nogura entró en silencio detrás de su amigo.

La pequeña estancia en penumbra donde se encontraban tenía una puerta cerrada a cada lado y un pequeño pasillo al frente. La galería daba a unas puertas corredizas que se encontraban abiertas de par en par y dejaban ver parcialmente la claridad de una estancia más iluminada. Los dos visitantes caminaron descalzos deleitándose con el frescor de la madera que se quejaba levemente bajo su peso y se detuvieron unos instantes junto a la entrada.

La confortable sala recibía la luz exterior gracias a unos paneles del tejado que se podían abrir y cerrar a voluntad gracias a un sencillo sistema de poleas. Además de estas aberturas, la pared este daba al exterior y uno de los paneles shoji se encontraba entreabierto, invitando a que una leve brizna de aire contribuyese a refrescar el ambiente. La austera habitación estaba desprovista de todo mobiliario más allá de unos cojines, una mesita baja y dos arcones junto a las paredes. La llama juguetona y débil de un brasero calentaba lo que al principio Hideyori tomó por un simple pebetero de loza, pero el aroma del té le reveló la verdadera naturaleza del recipiente.

—Sois bienvenidos a mi casa— les saludó un cabizbajo anciano cuyo cráneo rasurado relucía según el capricho del pequeño fuego—. Compartiré mi té con vosotros sin que haya necesidad de recurrir a las armas…

Hideyori dio un respingo al escuchar la burla del anciano y cuando éste alzó la cabeza y le miró directamente a los ojos cayó al suelo como fulminado por un rayo. Nogura decidió imitar las muestras de sumo respeto del Akodo quien incluso depositó la espada, conservándola dentro de la saya, al lado derecho.

—Basta, basta— invitó el anciano—. No soy más que un simple viejo y no merezco semejante demostración de cortesía.

Sensei, me avergüenzo de mi falta de respeto entrando de este modo en vuestra casa— se excusó Hideyori—. Quien acompaña a vuestro torpe discípulo es Kitsu Nogura.

El anciano Jun saludó con respeto al shugenja y poco después sirvió té. Hicieron falta muchos minutos para que Hideyori comenzara a sentirse cómodo. Jun le confesó su enorme sorpresa al encontrarse con él en su pueblo natal. Akodo Jun había decidido vivir en retiro en el mismo lugar donde nació, lejos de todo, pero el destino le había llevado cerca de Hideyori.

Durante horas Nogura escuchó con atención a maestro y discípulo que hablaron principalmente de las experiencias de Hideyori tras dejar el dojo del Golpe Certero para ponerse al servicio de Kiyomori. Sensei Jun desprendía una fuerza interior que para el Kitsu no ocultaba el cariño que el viejo sentía por su alumno. Aquella tarde había conocido algunos detalles reveladores sobre Hideyori y se alegró cuando éste aceptó la petición del anciano para tomar juntos una frugal cena.

—Maestro— comenzó a hablar Hideyori sin saber si era adecuado continuar haciéndolo—. Cuando llegué a Iwaki supe de inmediato que hay muchas cosas por hacer. Con gran satisfacción descubrí la existencia de un dojo y ordené su limpieza y recuperación. Las tareas han finalizado hace algunos días y me preguntaba…

—Hideyori, mi decisión de retirarme de toda actividad mundana es firme— interrumpió el anciano para disgusto del joven bushi—. Sin embargo no puedo desoír la voz del destino y por ese motivo aceptaré hacerme cargo del dojo del Amanecer de la Primavera.

Domo arigato, sensei Jun— agradeció Hideyori.

—Sin embargo, te pongo una condición— continuó el maestro—. Solamente yo decidiré quien recibe mis lecciones.

—Acepto de buen grado, sensei.

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