El dibujo del kimono de Hideyori producía un extraordinario efecto bajo aquella luz tan especial que irrumpía en el austero pero espacioso salón tamizada a través del papel de arroz de una de las paredes.
Hideyori, quien acababa de instalarse en su nueva casa, había recibido a Nogura y ambos saboreaban un té en silencio. El shugenja contemplaba hipnotizado las filigranas del ropaje de su anfitrión que refulgían bajo la suave luz dorada de la tarde.
—¿Qué te parece el té?— curioseó el bushi poniendo en un pequeño aprieto al Kitsu intencionadamente.
Nogura conocía el detalle de que aquel té se cultivaba al nordeste del pueblo y sonrió imperceptiblemente ante la pequeña trampa que le tendía su amigo. Si confesaba la verdad y decía que el té era fuerte y malo ofendería a su anfitrión.
—Tiene un sabor osado— afirmó Nogura—… tanto como lo fuiste en la Llanura del Deber Cumplido.
Hideyori soltó una sonora carcajada ante la ocurrencia del shugenja que había sorteado con habilidad su pequeña travesura. A Hideyori le agradaban por igual tanto la actitud cercana que Nogura le profesaba cuando no había presente nadie más como el trato más protocolario que le mostraba en público.
—Bueno, Nogura— habló el gokenin—… ¿Qué es eso de lo que querías hablarme?
—Nada de importancia, Hideyori— respondió el Kitsu—. Me gustaría, simplemente, contarte una pequeña historia.
—De acuerdo— aceptó el anfitrión después de escrutar sin éxito el rostro de piedra de su amigo en busca de algún indicio que revelase sus verdaderas intenciones—. ¿Salimos fuera?
Los dos samurai se dirigieron al pequeño jardín que había sido limpiado de maleza y aunque aún presentaba un aspecto inconcluso uno ya podía disfrutar de los caminos de grava, el pequeño estanque y el frescor de la sombra.
—Más allá de las montañas de la Espina del Mundo, donde el color de nuestro clan resulta poco frecuente, existió una vez un ejemplar que se tenía por la garza más bella del mundo y se empeñaba en proclamarlo a los cuatro vientos.
Cada día, lo empleaba en buscar a otros animales y contarles una y otra vez que era la garza más bella que existía en Rokugan y aún más allá.
Hasta que un buen día, se encontró con un zorro que harto de la misma cantinela de siempre le dijo: Escucha bien, tú que te crees una bella garza. Todo el mundo se ríe a tus espaldas de tu estupidez, pues en realidad vives engañado y no eras más que un ganso común. Si no me crees, compruébalo en el lago.
La garza se apresuró hasta la orilla del lago ávida de que las aguas le devolvieran el reflejo de su bello plumaje, sus patas esbeltas y su largo pico. Con gran decepción comprobó que, en efecto, lo que había dicho el zorro era cierto.
El ganso lloró amargamente sin encontrar consuelo al borde de las aguas, soportando las burlas de los otros animales que pasaban por allí.
Algún tiempo después de la caída del sol, un espíritu del aire, conmovido por el sufrimiento del pobre ganso, se acercó y le dijo: No estés triste, puede que no seas una espléndida garza pero eres un bonito ejemplar de ganso.
El afligido ganso contempló de nuevo las mansas aguas encendidas por la luna resplandeciente y descubrió que ciertamente era un ejemplar muy hermoso. Regresó sin atisbos de tristeza, y consciente de lo que era, recuperó su lugar en aquellas tierras.
Cuando Nogura concluyó la historia Hideyori guardó silencio, con la mirada perdida en algún remoto punto más allá de los setos del jardín. Su mente trataba de asimilar el mensaje y luchaba por encontrar la reacción adecuada.
—¡Déjame solo!— ordenó Hideyori con suavidad.
Nogura realizó una respetuosa reverencia y comenzó a retirarse hasta que la voz de Hideyori provocó que se detuviera tan sólo a unos pasos de la engawa.
—Nogura— apuntó el bushi—… ¡Tú serás mi kami del aire!
—Hai, Hideyori-san— respondió el Kitsu antes de abandonar el jardín aliviado por las palabras de su amigo.