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12.- El abanico de la incertidumbre

Por BlackSheep - 19 de Septiembre, 2007, 13:26, Categoría: 1.- Relatos

El antaño imponente Haru no Akebono Shiro había sido reducido a escombros y las piedras amontonadas con el capricho del abandono proclamaban ahora el nulo valor de aquel terreno baldío.

Pero el shugenja había descubierto en las ruinas del castillo y el terreno elevado donde se encontraban, un lugar lleno de paz que le permitía meditar y hablar con los ancestros. Por si ello fuera poco, la visión desde aquel abrupto promontorio era sencillamente magnífica.

Nogura se encontraba sentado con las piernas en posición de loto, las manos juntas sobre el abdomen con los pulgares en contacto, el mentón recogido y la nuca estirada, los ojos entreabiertos y el rostro completamente relajado.

Su mirada se encontraba en ninguna parte.

Las rodillas empujaban la Tierra, y la cabeza sostenía el Aire, y las manos apaciguaban el Fuego, y los hombros encauzaban el Agua, y los ojos contemplaban el Vacío: Cuando el espíritu no permanece en nada, aparece el verdadero espíritu.

El shugenja comenzó a respirar con normalidad y abrió los ojos completamente. Aunque había decidido poner término a su sesión de meditación quiso continuar en aquella posición.

Allí arriba Nogura disfrutaba en privado de la calidez del sol de aquella apacible mañana ofreciendo su rostro relajado a la caricia amorosa de la brisa. Decididamente le agradaba aquel lugar solitario que nadie más solía visitar.

A sus pies, el pueblo de Iwaki se acurrucaba en una suave ladera. Al norte, una cornisa de escabrosas colinas les separaba casi completamente del caudaloso y navegable Oboreshinu Boekisho Kawa a excepción de un brazo de río que aparecía a este lado por un collado y que había sido inteligentemente reencauzado y canalizado para proporcionar una defensa eficaz al castillo y alimentar unos productivos arrozales situados al este del pueblo. Al sur, se encontraba la llanura abierta que conformaba la mayor parte del paisaje de la provincia.

Existían tres zonas bien diferenciadas en Iwaki. La más cercana al castillo contaba con las casas más importantes y recibía el nombre de Omiatsu. La falta de atención era evidente en este distrito y lo primero que había ordenado Hideyori a los pueblerinos era que salvaran del abandono el dojo y la casa que había elegido para sí.

Jingore constituía la zona más amplia con diferencia. Allí habitaban los heimin que habían mantenido sus hogares en perfectas condiciones así como otros edificios comunes. En las inmediaciones de Jingore, hacia el este, se encontraban los dos productivos campos de cultivo de arroz de Iwaki y al norte del barrio campesino, un tanto alejados del pueblo y próximos a las colinas, se hallaban unos pequeños campos fértiles donde se cultivaban otro tipo de verduras y hortalizas.

Separado de los otros dos distritos por el cauce del río y comunicado por medio de un puente, se encontraba el barrio más meridional donde los síntomas de abandono eran también, como en Omiatsu, muy evidentes. La barriada recibía el nombre de Ubanoru y en el pasado había sido un lugar pujante donde los comerciantes habían levantado sus hogares y negocios. Debido al desnivel del terreno, Ubanoru había sufrido inundaciones en el pasado y sus efectos eran visibles aún hoy en día.

Nogura observó la hilera de colinas del norte y localizó a lo lejos la mina de cobre que Hideyori había decidido reabrir. Aquella decisión había soliviantado los ánimos de los heimin aunque por supuesto los campesinos habían sido prudentes al respecto.

Las tierras de Haru no Akebono se completaban con un diminuto villorrio pesquero llamado Kun, que se encontraba unos pocos kilómetros al nordeste, al otro lado de las colinas.

Al shugenja le preocupaba que Hideyori estuviese perdiendo la perspectiva de las cosas. Recientemente no era más que un ji-samurai, un samurai de rango menor cuyo destino no habría ido más allá de custodiar la muralla como había hecho su padre durante toda la vida.

Pero el destino le había puesto a prueba y el honorable Kiyomori había premiado sus valerosas acciones otorgándole la administración de Haru no Akebono, un dominio que pese a su misterioso abandono tenía un enorme potencial de riqueza.

Y ahora Hideyori se comportaba de manera altiva y distante. Supervisaba personalmente cualquier tarea por nimia que fuese y si encontraba algún signo de negligencia reprendía a los culpables. Sin embargo, tenía sus reservas a la hora de mantener la disciplina mediante el castigo y en el campesinado comenzaba a florecer la idea de que Hideyori era tan exigente como blando.

Nogura estaba realmente preocupado por todo esto. Temía que su amigo terminara creyéndose un verdadero daimyo cuando era en realidad un gokenin y que además el pueblo lo considerase débil.

El shugenja creía que la incertidumbre es como un abanico, tanto más difícil de tratar cuanto más abierto se encuentra.

Cuando comenzó el descenso hacia Iwaki, Nogura ya había decidido que hablaría con Hideyori al respecto. No tenía claro como lo podía lograr sin ofenderlo pero solo una idea le rondaba la cabeza: tenía que cerrar el abanico.

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