El antaño imponente Haru no Akebono Shiro había sido reducido a escombros y las piedras amontonadas con el capricho del abandono proclamaban ahora el nulo valor de aquel terreno baldío.
Pero el shugenja había descubierto en las ruinas del castillo y el terreno elevado donde se encontraban, un lugar lleno de paz que le permitía meditar y hablar con los ancestros. Por si ello fuera poco, la visión desde aquel abrupto promontorio era sencillamente magnífica.
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