Mes del Caballo - Verano de 1156
Nogura apretó ligeramente los labios y retuvo el licor durante unos momentos en contacto con la punta de la lengua para potenciar el sabor antes de tragarlo. Nunca tomaba alcohol pero se había permitido una excepción.
— ¡Delicioso!— afirmó el shugenja—. Los monjes de Hakamono producen un licor de cereza excelente.
Hideyori no escuchó las palabras del religioso ensimismado como se encontraba en sus pensamientos.
Nogura contempló al muchacho con afecto. El bushi poseía un rostro aniñado, sin embargo su expresión había perdido cualquier rastro infantil. Mentón poderoso y fuerte mandíbula. La frente afeitada y rematada con un impecable recogido de coleta alta. El exigente adiestramiento en el dojo del Golpe Certero había fortalecido su físico que ya se mostraba poderoso aún sin estar desarrollado completamente. Vestía un sencillo kimono que sabía llevar con cierta elegancia.
Hideyori se había convertido en samurai tal vez demasiado pronto, pues muchos otros niños no realizaban la ceremonia de gempukku hasta dos años después de la edad que él tenía ahora. Y además, en las últimas semanas había vivido unos acontecimientos muy intensos como eran la trágica pérdida de su padre, su primer combate real a muerte y la batalla de la Llanura del Deber Cumplido.
Pero Akodo Hideyori había salido fortalecido de todo aquello, de eso no le cabía la más mínima duda al shugenja. Comprendía que ahora estuviese un tanto nervioso aunque no se permitiese reflejarlo, pues llevaban casi una hora aguardando en aquella sobria estancia para ser recibidos por Akodo Kiyomori quien los había convocado por fin, y la paciencia no era una de las virtudes del joven bushi.
Kitsu Nogura repasó mentalmente los acontecimientos de las últimas semanas. El regreso de Kiyomori a Oiku no había pasado desapercibido para nadie. La masacre del Valle Minori en las postrimerías de la batalla, la captura poco después de Akodo Sakura y su decapitación a manos del propio Kiyomori, tratándolo como un criminal y las cabezas de los líderes de la traición ensartadas en lanzas para servir de advertencia constituían la densa humareda que había producido el fuego de la revuelta.
Muchos samurai, entre los que podían incluirse Hideyori y el propio Nogura, no aprobaban los crueles métodos del gobernador, pero su lealtad estaba indiscutiblemente con su señor.
Algunos días después del regreso de Kiyomori, éste fue convocado de urgencia a Toshi Ranbo, la Ciudad de la Violencia tras la Cortesía, por el daimyo del clan, Matsu Nimuro. Aquello había levantado multitud de rumores. Uno de los más dignos de crédito aseguraba que Nimuro-sama había recomendado a Kiyomori que fuese preparando su retiro. Las mismas lenguas afirmaban que Akodo Kiyomori difícilmente cedería su poder incluso en favor de su amado hijo, cuyas tropas habían sido retenidas en el Puente Oriental reforzando las fuerzas fronterizas convenientemente para los intereses de Jinzaburo.
El suave zumbido de unos paneles shoji deslizándose sobre las guías de madera anticipó la entrada de un samurai de bajo rango en la sala.
—Kiyomori-sama os recibirá ahora— informó el ji-samurai tras dedicarles una educada reverencia.
Los dos jóvenes siguieron a su acompañante por un silencioso laberinto de corredores desiertos a excepción de algunos guardias inmóviles que no reaccionaron a su paso. Por fin, el ji-samurai se hizo a un lado junto a unos paneles corredizos que les franquearon la entrada a la sala de audiencias.
Hideyori avanzó con la vista baja y se arrodilló en una de las esteras libres. Extrajo la katana del obi sin sacarla de la saya y la colocó con delicadeza sobre el suelo, a su derecha. Nogura se arrodilló en una posición más retrasada y las cabezas de ambos se mantuvieron en contacto con el suelo.
Kiyomori aprobó la impecable observación de la etiqueta por parte de los dos jóvenes que mantenían disciplinados aquella incómoda postura de sumisión absoluta. El gesto de Hideyori al colocar el arma a su derecha indicaba la plena confianza en su anfitrión, pues aquella era la peor posición en que podía dejar la espada para desenvainarla con facilidad.
—Me alegro de veros a ambos— saludó un magnánimo Kiyomori que había decidido permitirles una postura más relajada de inmediato.
—Es un honor presentarnos ante vos, sama— respondió por ambos Hideyori alzando la cabeza.
Los dos jóvenes descubrieron una estancia amplia, de paredes desnudas de adornos superfluos. Varias personas se encontraban sentadas a ambos lados flanqueándolos. Entre ellas reconocieron a Sato. Frente a ellos, sobre una tarima elevada los contemplaba Kiyomori, tocado con un soberbio kimono rojo con filigranas de oro. A su derecha, se sentaba un Akodo que frisaba los veinte años y cuyo rostro transmitía un innegable parecido familiar con Kiyomori. Ambos dedujeron acertadamente que se trataba de Akodo Taikan, hijo del daimyo de Oiku.
Hideyori descubrió además al menos un par de guardias ocultos tras un panel de tallado caprichoso situado detrás de Kiyomori.
—Akodo Hideyori— comenzó a hablar el daimyo con voz solemne—, a pesar de tu juventud me has servido bien en estos días difíciles impidiendo que los traidores acabaran con mi vida.
—Sama, confieso que seguí a mi padre en aquel bosque sin saber lo que estaba en juego. Pero de haber sabido que vuestra vida estaba en peligro hubiese dado la mía sin dudarlo.
—Veo que tu padre te ha enseñado bien. Es mi pretensión reconocer el crucial papel que Hayato ha desempeñado en estos acontecimientos. Por esta razón, es mi deseo otorgarle el cargo de gokenin de Haru no Akebono.
Kiyomori reprimió con un gesto suave la respuesta de su joven lacayo.
—Pero no quiero pasar por alto tu coraje en el campo de batalla. Que sepan todos los presentes que Akodo Kiyomori contempló el valor de cien hombres en el corazón de quien no hace nada era solo un chiquillo.
—Mi señor— respondió el bushi disimulando su azoramiento—. Mi espada y mi voluntad os pertenecen por igual.
—Viajarás a Haru no Akebono, donde te ocuparás de mis intereses allí. Se que tu padre lo habría hecho bien, y por lo tanto espero lo mismo de ti.
—Domo arigato gozaimasu— Hideyori acompaño sus palabras de agradecimiento de una profunda reverencia.
¡Haru no Akebono! Debía administrar aquellas tierras para su señor y no le preocupaba desconocer por donde empezar pues aquel nombre resultaba de lo más esperanzador.
Haru no Akebono: El Amanecer de la Primavera.