La bruma de la mañana cubría con un velo frío la Llanura del Deber Cumplido, en el Valle Minori. Los jirones de aquella niebla baja y húmeda, ocultaban casi totalmente las colinas circundantes e impedían ver con claridad más allá de unos pocos metros, pero aquel manto caliginoso no podía esconder del todo las líneas fantasmales de los dos ejércitos.
Hideyori soportaba con entereza la tensión previa, aliviado al no tener que preocuparse por la seguridad del shugenja que se había visto obligado a cumplir unas órdenes que lo relegaban a tareas de apoyo en retaguardia. Por su parte, Hideyori cerraba filas bajo el mando directo de Uriko, una intimidante samurai-ko de aspecto fiero que ostentaba el rango de gunso.
Las tropas de Kiyomori aguardaban en formación, inmóviles y disciplinadas, manteniendo un silencio casi absoluto que solo era roto por ocasionales tintineos metálicos.
Lentamente, la niebla fue retirando su pátina vaporosa de la llanura y los primeros rayos de Dama Sol penetraron en el valle reconfortando a los soldados con su calidez. La tensión recorrió la filas de Kiyomori cuando la bruma se abrió lo suficiente como para hacer visible las tropas enemigas.
De pronto, los jirones de niebla adoptaron la forma fantasmal de un caballo negro de crines vaporosas, cascos humeantes, y respiración ardiente dominado por un jinete aterrador que vestía una armadura gaseosa lacada en rojo y oro, un menpo de rictus infernal cuya expresión etérea parecía retorcer caprichosamente su forma.
Jinzaburo, pues de él se trataba, comenzó a galopar de un flanco de sus tropas al otro para asegurarse de que todos los presentes, amigos y enemigos, se fijaran en él. Detuvo su caballo cuando le pareció que había conseguido su objetivo y se adelantó un poco más. Su voz recorrió todo el campo de batalla poco después.
—Yo Akodo Jinzaburo, hijo de Akodo Chieko, hijo de Akodo Daijiro... te conmino, Kiyomori a que te quites la vida con honor y así evites este derramamiento de sangre. Tu locura te ha llevado a cerrar tratos con las Tierras de la Sombra y a practicar magia negra... ¡Yo y mis leales tropas te ofrecemos esta salida honorable, de lo contrario defenderemos el honor de nuestro clan y la seguridad del Imperio enfrentándonos a ti y los que osen seguirte!
Hideyori crispó su puño en torno a la empuñadura de la katana, encolerizado por las calumnias que había escupido Jinzaburo sobre su señor. Uriko le hizo un gesto tranquilizador obligando al joven samurai a calmarse.
Kiyomori se adelantó a lomos de su caballo, una excelente yegua de color pajizo proveniente de los establos de Masako. Dirigió suavemente a su montura con paso majestuoso y tranquilo desde la retaguardia y Nogura se convirtió en asombrado testigo del efecto que causaba Kiyomori entre las tropas, cada soldado, samurai o campesino, empequeñeció ante la fuerza que irradiaba la figura blindada de Akodo Kiyomori, ataviado con un sobreveste de color pardo y ribetes de oro sobre la armadura centenaria de láminas doradas, base oscura y cordajes carmesíes. El ornamentado yelmo intimidaba con el oscuro rostro metálico de un demonio bigotudo de nariz aguileña y sonrisa cruel, y estaba coronado por una pareja de astas doradas que soportaban un gran disco áureo que simbolizaba el sol.
Kiyomori continuó su avance cadencioso dando la espalda a sus tropas mientras los últimos retazos de niebla se retiraban a su paso. Unos tímidos rayos de sol se abrieron paso hasta el disco dorado que remataba el casco del gobernador de Oiku quien se detuvo satisfecho por el efecto que los destellos provocaban en sus enemigos.
—Soy Akodo Kiyomori— tronó la poderosa voz del samurai, quien aguardó unos instantes antes de continuar estremeciendo el corazón de sus enemigos y enardeciendo el espíritu de sus leales—. No voy a insultar a mis ancestros citando sus honorables nombres ante unos traidores como vosotros. Pero sí quiero deciros algo a todos y cada uno de los que levantáis un ejército contra vuestro legítimo señor. Yo personalmente cortaré vuestras cabezas al final de la batalla. No hay salida honorable para vosotros llegados a este punto. Vuestras cabezas se secaran tres meses al sol frente a vuestra casa familiar... Y todos aquellos que formen bajo vuestro estandarte correrán la misma suerte.
Tras las palabras de Kiyomori, algunos campesinos de las levas de Jinzaburo trataron de huir a la carrera, pero los samurai del traidor lograron reprimir la desbandada acabando con algunos de ellos ante las risotadas y burlas de los hombres del gobernador.
Jinzaburo evaluó las fuerzas enemigas desde su privilegiada posición en la colina. Desde allí podía ver a su enemigo Kiyomori haciendo lo propio. Aunque su enemigo contaba con una ligera ventaja numérica nada estaba decidido.
A su señal, varios de sus ayudantes comenzaron a agitar los abanicos de guerra emitiendo indicaciones que cada comandante sabría interpretar. Y efectivamente, a los pocos segundos las tropas del traidor comenzaron a avanzar.
—Mi, mi señor— balbució un asustado Sakura sin que Jinzaburo se dignara a mirarle tan siquiera—… ¿E, es buena idea avanzar así?
Kiyomori observó sin reaccionar el avance enemigo. Jinzaburo hacía avanzar a todo su ejército en lo que parecía una maniobra desesperada tratando de engañarle. Sonrió tras su máscara de guerra al contemplar como la caballería enemiga avanzaba en retaguardia sin exponerse, lista para soltar un zarpazo. Los ashigaru heimin avanzaban sin protección para actuar de cebo mientras los samurai de a pie avanzaban tras los tedate de los arqueros, una especie de muro móvil de bambú de grandes dimensiones.
Cuando se hubieron acercado lo suficiente, el abanico de Kiyomori se agitó en el aire, y acto seguido varios abanicos más imitaron sus señales provocando como respuesta que una extensa línea de sus tedate se alzara para proteger a todas las tropas, samurai o no.
Las primeras flechas de los de Jinzaburo surcaron el aire con el sonido de la muerte pero se quedaron cortas. Habían ralentizado su ritmo para avanzar unos pocos metros tras cada disparo.
Una nueva salva de flechas castigó la vanguardia de los leales pero los tedate minimizaron las bajas. Hideyori contemplaba a Uriko agazapado tras los escudos de bambú esperando la orden de ataque en medio del golpeteo seco de las flechas contra el muro.
De pronto, en respuesta a una orden de Kiyomori, los arqueros respondieron a las flechas enemigas concentrándose en los ashigaru que avanzaban sin protección. En pocos minutos, se desorganizaron presas del pánico mientras algunos veteranos trataban en vano de recuperar el control.
Jinzaburo levantó su abanico y realizó varios movimientos simétricos provocando que dos grupos de jinetes flanquearan a sus propias tropas y realizaran una carga.
Kiyomori comprendió su error en el acto. Mientras sus arqueros habían castigado a los ashigaru desprotegidos, la infantería samurai enemiga había avanzado por cada lado adelantando el muro de tedate de tal forma que las cargas de la kimabusha estarían protegidas tras los escudos y cuando los hubieran rebasado apenas habría ángulo de disparo. Kiyomori había subestimado ligeramente al traidor, pero estaba preparado para contrarrestar aquella maniobra.
Uriko comenzó a gritar la orden de repliegue en respuesta al abanico de su comandante en jefe Akodo Sato. Hideyori retrocedió sorprendido mientras eran rebasados por el avance atropellado de varias unidades ashigaru.
El suelo tembló cuando la caballería enemiga se estrelló contra un bosque de yari en el mismo punto donde él había estado poco antes. Tuvo que dominar sus ganas de entrar en combate pero aguardó disciplinado mientras cerca de él se astillaban astas y vidas con la misma facilidad.
Kiyomori observó el flanco izquierdo, a cargo de su cuñada Masako. Los ashigaru estaban frenando la carga de la caballería con efectividad y si todo iba bien acabarían rechazando al enemigo. Sin embargo, en el flanco derecho, los ashigaru de Sato aguantaban la posición a duras penas.
Hideyori observó como uno de los mensajeros habló brevemente con Uriko.
—¡Atención!— se dirigió la robusta gunso a sus soldados—. ¡Nuestras órdenes son mantener la posición, pero debemos estar listos para reemplazar la línea de ashigaru en caso de que caiga!
Hideyori contempló impotente como la kimabusha enemiga iba diezmando a los heimin de su flanco que mantenían el tipo a duras penas gracias a un veterano samurai que actuaba como su comandante y comprendió que aquellos hombres estaban condenados.
Con un rugido de rabia abandonó las filas de Uriko y cargó contra el enemigo más cercano. Su hoja se hendió en el muslo del jinete descabalgándolo en el acto. Hideyori descubrió a otro enemigo, que había abandonado su montura y cargó contra él. El traidor desvió el primer golpe como pudo pero sucumbió ante el ímpetu del joven samurai.
Hideyori percibió un destello de peligro y trató de hacerse a un lado. La punta de un yari enemigo recorrió el peto de su armadura en una trayectoria ascendente. Hideyori asió el asta con la mano izquierda y trató de librarse del peligro, pero la punta de acero se introdujo por la junta del hombro y se clavó leve pero dolorosamente en su piel.
El samurai enemigo cargó el peso de su cuerpo e Hideyori trató de sujetar la lanza con la mano izquierda, pero la posición era ventajosa para el jinete y su fuerza le obligó a clavar una rodilla en tierra. Desesperado, con su enemigo por encima de él y lejos del alcance de su hoja al otro extremo del yari, golpeó el asta de la lanza con su katana partiéndola en dos. El jinete trató de sujetarse a lomos del caballo concediendo a Hideyori el tiempo que necesitaba para reponerse.
El samurai lanzó su caballo contra él esgrimiendo la espada, pero Hideyori lo esquivó con facilidad y acabó con él con un certero golpe.
Uriko y el resto de la unidad cargaron contagiados por el coraje del joven muchacho y minutos después la kimabusha de ese flanco galopaba en retirada.
Jinzaburo ordenó el avance de la infantería y los samurai cargaron contra el enemigo junto con los reorganizados ashigaru. El choque fue brutal y el corazón de la batalla se convirtió en un infierno cuando la infantería bajo el mandato de Masako contraatacó.
Durante decenas de minutos la carnicería se prolongó sin un resultado cierto y cuando por fin las fuerzas del traidor parecían estar al borde del colapso, la kimabusha de Katoichi cargó por el flanco encontrando la oposición de las fuerzas de Sato encabezadas por él mismo.
La sangre de hermanos que ahora eran enemigos se derramó con generosidad en la Llanura del Deber Cumplido y el Valle Minori lloró lágrimas escarlata conmovido ante aquella violenta masacre.
Sato señaló con su katana a Katoichi y este le devolvió el gesto antes de descabalgar. Ambos se estudiaron manteniendo las distancias y la batalla despareció para ellos dos, apenas si percibían unas fugaces sombras alrededor. Nadie osaría entrometerse en un duelo.
Katoichi era mucho más joven y fuerte que Sato, y aquella armadura lacada en negro con cordones dorados le daba un aspecto amenazador. Su casco estaba rematado por una luna negra y ocultaba el rostro tras una máscara de aspecto demoníaco.
Sato era un veterano muy experimentado y aquello le permitía suplir su menor rapidez. Su armadura, de excelente factura, era exageradamente modesta en colores pues Sato se tenía por un hombre muy práctico y sabía por ejemplo que el cordaje de color anodino que unía las distintas partes de su armadura era mucho más resistente a las prolongadas campañas que la mayoría de los más coloridos, cuyos tintes de moda mermaban la resistencia de la seda. Por esta razón, todo el equipo de Sato era ante todo funcional.
—¿Estás listo para morir, viejo?
—Desde que nací— afirmó Sato con una sonrisa—… ¿Puedes tu decir lo mismo?
Katoichi lanzo un grito de furia y cargó dejándose llevar por la ira. Sato se limitó a mantenerse fuera del alcance de la hoja enemiga retrocediendo unos pequeños pasos cada vez que ésta buscaba su piel.
—¿Por qué sonríes, viejo?— gritó Katoichi— ¡Huyes como una rata!
—Sonrío porque veo que mis antepasados están contemplando este combate. Los tuyos sin embargo parecen estar demasiado avergonzados como para hacerlo.
Katoichi vociferó de nuevo vomitando su ira. Lanzó una terrible serie de ataques que Sato desvió con facilidad al tiempo que mantenía una distancia segura.
—¡Maldita rata! ¡No huyas!
—¿Es la rata la que huye o quizá es que el gato no tiene uñas?
El taisa de Jinzaburo dirigió un ataque fulgurante buscando el cuello de Sato que lo esquivó con facilidad. Pero Katoichi ya lo esperaba y lanzó un nuevo golpe. Sato interpuso su hoja deteniendo el ataque pero Katoichi deslizó su katana sobre la de su enemigo y consiguió herirle en un costado.
—¿Te falta el aliento, viejo?— se burló Katoichi
Apenas concluyó la frase, Katoichi percibió un destello fugaz. No sintió dolor alguno antes de morir decapitado por la katana de Sato.
Jinzaburo contempló como su línea ashigaru comenzaba a desbandarse presa del pánico debilitando la primera línea. Comprendió que todo estaba perdido y ondeó el tessen una vez más. Los arqueros arrojaron los tedate, desenvainaron sus katana y cargaron contra el enemigo.
Kiyomori comunicó la carga total a su kimabusha mediante el abanico, Masako imitó el movimiento con su propio tessen y su caballería se puso en marcha. Un nuevo movimiento del abanico de la señora de Shiro Michinori y la kimabusha se dividió en dos, flanqueando al enemigo en una maniobra de tenaza.
Jinzaburo contempló la derrota desde la lejanía. La caballería enemiga acababa de romper el frágil equilibrio de la contienda. La infantería de refresco de Kiyomori recibió la orden de atacar y los arqueros lanzaban salvas de flechas en busca de las tropas enemigas que huían. Jinzaburo comprendió lo que pretendía su enemigo: el exterminio total.
—¡Mi caballo!— exigió Jinzaburo con un grito.
Jinzaburo montó al frente de su cuerpo de guardia, media docena de escogidos samurai, entre los más leales.
—¿Pero que hacéis?— gimoteó Sakura— ¡Huyamos!
Jinzaburo lo miro con desprecio y lástima al mismo tiempo. Aquel hombre que había tenido en alta estima era ahora más un despojo humano que un samurai.
—La batalla está perdida, pero aún podemos conservar el honor de una muerte digna de un guerrero.
Sakura lo miró horrorizado y retrocedió vacilante unos pasos.
—Toma tu caballo y cabalga hacia la muerte, Sakura. ¡Aún estás a tiempo!
Sakura lanzó un grito lastimero y trató de huir. Uno de los yojimbo de Jinzaburo hizo ademán de detenerlo pero su señor se lo impidió con un gesto. Después desenfundó la katana y sus hombres le imitaron.
—¿Sabéis que día es hoy?— preguntó Jinzaburo a sus seis hombres.
Los samurai asintieron en silencio, sin vacilar. Con un grito Akodo Jinzaburo el traidor y sus seis guerreros se lanzaron al galope con las armas en ristre.
—¡Hoy es el día de morir con honor!— pensó Jinzaburo.
Una lluvia de flechas cayó sobre los siete samurai antes de que pudieran entrar en combate. Todos menos Jinzaburo fueron abatidos. Hideyori pudo contemplar como el jinete de la armadura roja y oro erizada de flechas, se dirigía hacia ellos. A pocos metros de la línea de combate, el caballo negro sufrió un colapso y cayó a tierra arrojando a su jinete muerto a los pies del joven.
Hideyori contempló horrorizado como se pasaba a cuchillo a todos los que habían renunciado a seguir luchando, campesinos a los que la ambición de su dueño les había puesto en aquella situación, samurai honorables que habían cerrado filas con Jinzaburo por lealtad a él a sabiendas de que era Kiyomori quien tenía la razón, u oportunistas que habían visto una ocasión de enriquecerse.
Ahora todos los que no tenían fuerzas para continuar empuñando las armas, eran degollados sin piedad en un cruel festival de sangre.
Hideyori se preguntó qué honor había en estas acciones, qué necesidad de derramar la sangre de sus hermanos… Hideyori recordó las enseñanzas de Seitaro y añoró la paz y tranquilidad que se respiraba en Hakamono. Se dio cuenta de que algo en su interior estaba apunto de quebrarse, como si aún continuase siendo el niño que era ayer y no el hombre que pretendía ser.
Hideyori descubrió a Sato que lo observaba con detenimiento, con la pierna cubierta de la sangre que parecía provenir de una herida en el costado, sin dar muestras de debilidad alguna.
El joven se agachó y descargó un golpe seco y preciso antes de ponerse de nuevo en pie. Sato sonrió complacido y le obsequió con una leve inclinación de cabeza. Hideyori correspondió devolviendo el saludo y alzó su brazo izquierdo.
El clamor de los gritos de victoria dominó todo el campo de batalla cuando los samurai vencedores descubrieron que Hideyori sostenía en alto la cabeza de Jinzaburo.