La falta de luz empequeñecía el aspecto de Haru Shiro, las líneas de la torre y las murallas aparecían difuminadas como un cuadro inacabado sobre el lienzo celestial. La ausencia de soldados de guardia y el silencio intramuros contribuían a la atmósfera fantasmal de la fortaleza.
Hideyori aguardaba impaciente. Nogura había insistido en echar un vistazo al castillo antes de partir y ahora el bushi comenzaba a pensar que había sido un error acceder a ello pues el shugenja se estaba comportando de un modo bastante extraño.
En primer lugar, Nogura se había acuclillado cerca del portón del castillo, a un lado del camino y tras susurrar algunas palabras que Hideyori no alcanzó a escuchar, permaneció inmóvil con la palma de la mano en contacto con la tierra. Algunos minutos después, el shugenja recogió una piedra de cierto tamaño y la colocó cuidadosamente al otro lado del camino. Después realizó una profunda reverencia dirigida a la nada.
Por si esto no fuera suficiente, Nogura se acercó a un abrevadero cercano y de nuevo musitó algunas palabras misteriosas para acto seguido, quedar embelesado con la mirada fija en la superficie del agua.
Hideyori decidió conceder a su compañero algunos minutos más mientras sujetaba los dos caballos. Afortunadamente, el shugenja abandonó el abrevadero después de dedicarle una respetuosa reverencia.
Cuando Nogura llegó hasta él, Hideyori ya se encontraba a lomos de Zizitsu y le tendía las bridas del otro caballo.
—Hideyori-san— habló Nogura tras montar el jamelgo—, las tropas de Jinzaburo están formadas por algunos hombres a caballo pero la mayoría de sus hombres son de a pie. Además, en el castillo han quedado solo unos pocos hombres, ¡quizá media docena!
El joven bushi dedicó una mirada de asombro a Nogura pero se rehizo muy pronto.
—¿Cuántos son? ¿Cómo iban equipados?
—Los espíritus de la tierra acostumbran a fijarse en los detalles— informó Nogura— y aquel con el que yo he hablado no es una excepción. Sin embargo, su visión del mundo se aleja un tanto de la que podemos tener nosotros. Tan solo puedo deciros que más de la mitad de las tropas de Jinzaburo va a pie y de estas, al menos la mitad hunden sus pies más que el resto.
Hideyori comprendió ahora la actitud del shugenja y se prometió a si mismo no volver a juzgarle a la ligera.
—Perdonad mi desconocimiento pero ¿también hablasteis con el agua?
—Así es, Hideyori-san. Por el kami del agua que vive en el abrevadero he sabido que tras los muros quedan unos pocos samurai.
Hideyori inclinó la cabeza en señal de reconocimiento y acto seguido, guió a su caballo hacia la Carretera Siempre en Guardia. El shugenja dio muestras de ser capaz de soportar aquel trote ligero hacia el sur durante los más de treinta minutos que tardaron en llegar a la amplia calzada.
El joven Akodo levantó la mano indicando a Nogura que se detuviera mientras él espoleaba a su caballo primero hacia el este y después hacia poniente.
—¡Por aquí, Nogura-san!— grito Hideyori.
El shugenja avanzó hacia su derecha dando la espalda al sol naciente. Cuando alcanzó a su compañero, éste le señaló el suelo cerca de la orilla sur de la calzada y Nogura vio entonces el rastro evidente de un grupo numeroso alejándose del camino.
—Veo que a vuestra manera también sabéis comunicaros con la tierra.
Hideyori agradeció el cumplido con una inclinación de cabeza antes de montar de nuevo. Cuando espoleó a su caballo pidió a los ancestros que ayudasen a Nogura a seguir su ritmo y según pudo comprobar cada vez que volvió la vista atrás, habían decidido escucharle.
El sol brillaba con fuerza cada vez más alto en el horizonte. Hideyori sintió una punzada de culpabilidad al descubrir el rostro fatigado de Nogura quien sin embargo hacia gala de una entereza digna de elogio. Decidió que era hora de tomarse un descanso.
—Nogura-san— indicó Hideyori—, descansaremos unos minutos para que se recuperen un poco los caballos.
—Como deseéis, Hideyori-san— aceptó Nogura.
La pausa que para Nogura duró un suspiro, para Hideyori se prolongó durante una eternidad, en cualquier caso no había transcurrido más de un cuarto de hora cuando los samurai cabalgaron de nuevo.
Dama Sol resplandecía en lo más alto cuando volvieron a detenerse, en esta ocasión para examinar el terreno minuciosamente. Ambos samurai recorrieron a pie una amplia zona, el uno hablando con los espíritus y el otro interpretando las señales del suelo. Jinzaburo y sus tropas habían acampado allí y al parecer nuevas fuerzas se les habían unido. Hideyori contempló visiblemente preocupado las huellas del ejército que indicaban un cambio de rumbo hacia el sudeste.
—¿Ocurre algo, Hideyori-san?
—Minori está en esa dirección— informó el Akodo señalando las huellas.
—Cabalgaré rápido como el viento, Hideyori-san— prometió el Kitsu.
—¡Lo sé, Nogura-san!— sonrió Hideyori— ¡Lo sé!
Los dos samurai azuzaron sus caballos contagiándoles la urgencia de la situación. Zizitsu galopó tan rápido que Hideyori tuvo que sujetarse fuertemente a su crin de plata y le resultó imposible mirar hacia atrás, aunque podía escuchar perfectamente los cascos del caballo de Nogura cerca de él.
No tardaron en alcanzar con la vista la retaguardia de las huestes de Jinzaburo descendiendo una colina. Los dos jinetes avanzaron rodeando las suaves elevaciones en un intento de adelantar al ejército del traidor sin ser vistos.
Cuando Hideyori consideró que los habían rebasado bajaron el ritmo y comenzaron a acercarse de nuevo a la ruta que seguían los soldados, localizaron un buen punto de observación, al abrigo de un grupo de árboles y aguardaron pacientemente.
El estandarte de Jinzaburo ondeaba al viento anticipando la llegada de su ejército. La kimabusha abría la lenta marcha que seguían cientos de samurai a pie, equipados con sus armas y armaduras refulgiendo al sol. Varios cientos de heimin reclutados en levas forzosas cerraban el avance de las tropas.
Hideyori apretó los puños al reconocer a lo lejos la armadura oscura de Katoichi al frente de la caballería. Cuando montó de nuevo a Zizitsu dispuesto a partir, descubrió que un demacrado Nogura ya aguardaba la orden de marcha a lomos de su propia montura.
Los dos samurai galoparon de nuevo imponiendo su voluntad a los fatigados caballos que recorrieron con rapidez los kilómetros que les separaban del valle Minori.
Ya había anochecido cuando fueron interceptados por una patrulla leal a Kiyomori. Tras un tenso y minucioso examen de su documentación de viaje, fueron conducidos a la tienda del daimyo.
—Mi señor…— habló Hideyori—… Tal y como me ordenasteis hemos ido a Haru y allí nos hemos encontrado un castillo desierto. Jinzaburo se dirige hacia aquí al frente de un ejército.
Kiyomori asintió sin permitir que su rostro revelase emoción alguna.
—Marcha al frente de al menos mil hombres de los que casi la mitad son ashigaru.
—Arigato Hideyori— agradeció el daimyo—. Jinzaburo es astuto, no debería sorprenderme su maniobra ¿A qué distancia se encuentran de Minori?
—A media jornada de aquí, sama. Por el noroeste— informó Hideyori—. Si avanzan de noche podrían llegar al amanecer.
—No. Esta noche descansarán y mañana avanzarán despacio— afirmó Kiyomori—. Jinzaburo no querrá fatigar sus tropas innecesariamente así es que aún tenemos un día completo. Sin embargo, doblaremos la guardia y enviaré exploradores para evitarnos sorpresas. Retiraos ambos y descansad. ¡La batalla está próxima!