Hacía ya un buen rato que habían dejado atrás Michinori Shiro pero Hideyori aún experimentaba aquella desazón.
Sato le había comunicado todos los detalles acerca de la naturaleza de la misión, le había presentado a su acompañante y le había hecho entrega de un joven caballo del color de la ceniza, nervioso y huidizo que respondía al curioso nombre de Zizitsu.
Hideyori se había mostrado intranquilo en los instantes precedentes a la partida y cualquiera con buenas dotes para la observación hubiese llegado a la errónea conclusión de que aquella evidente preocupación respondía a la tensión previa de quien se dispone a llevar a cabo una difícil tarea. Sin embargo, la verdadera razón del desasosiego del samurai obedecía a un anhelo secreto e íntimo, deseaba con toda su alma ver de nuevo, aunque fuera solamente por un fugaz instante, el rostro de Masako.
Decidió dejar atrás aquellos pensamientos y observó al joven shugenja que lo acompañaba. Era pequeño y delgado y vestía un sencillo kimono de color pardo con ribetes rojizos que lucía un pequeño mon de su escuela cerca del corazón. Los pliegues de la seda no podían disimular una constitución huesuda y frágil. Su rostro era afilado, de mentón estrecho, anguloso, con labios finos y apretados. Sus ojos pequeños y almendrados eran capaces de ver más allá de la superficie.
Kitsu Nogura cabalgaba con cierta incomodidad aunque trataba en todo momento de adoptar una pose digna. Hideyori observó que no portaba katana alguna aunque sí sujetaba un wakizashi en su obi, sin duda para señalar su condición de samurai junto con el peinado tradicional.
El Akodo había aceptado con absoluta naturalidad las palabras del shugenja y desde el primer momento supo que ambos compartían no sólo la obligación familiar de ocuparse de los monjes de Hakamono o el nombre de unos antepasados, sino que se encontraban ligados por los lazos de un destino común y misterioso.
A Hideyori le preocupaba además la seguridad del shugenja, se sentía responsable de él desde el mismo instante en que dejaron atrás Michinori Shiro y temía que esto pudiese comprometer el éxito de la misión llegado el momento.
Avanzaron por las llanuras de Shimizu en dirección noroeste, siguiendo un camino secundario, llevando los caballos a paso tranquilo. En realidad no tenían ninguna prisa, al menos por el momento, e Hideyori pensó que sería buena idea hacer más fácil el viaje para el shugenja.
Descansaron en una minúscula aldea, a la sombra de unos ciruelos bajo la esquiva mirada de los campesinos que continuaron con sus tareas aliviados por la desatención de los dos samurai.
—Nogura-san— habló Hideyori—… He oído que los Kitsu poseéis talentos únicos en el Imperio…
—Supongo que os referís— confirmó el shugenja— a la comunicación con los mundos espirituales, Hideyori-san.
Hideyori asintió con un movimiento de cabeza y hundió la mirada guardando silencio, dominando sus emociones como le habían enseñado. El shugenja continuó hablando.
—Vuestro padre está bien y observa complacido vuestro comportamiento.
—¿Habéis…?— el bushi se interrumpió buscando las palabras adecuadas…
—¿Hablado con él?— añadió Nogura—. No, no lo he hecho, pero vuestro padre era un hombre de honor como lo sois vos… Por eso sé que estará orgulloso…
Hideyori se permitió una leve sonrisa para agradecer las palabras a su compañero. Sintió un profundo respeto por aquel joven de físico débil que le había recordado sutilmente que no debía olvidar la lección más elemental con la que un samurai león dirige su vida: el honor te hace más fuerte.
Reemprendieron la marcha, con el sol en lo alto a sus espaldas y un Hideyori reconfortado y un poco más inclinado a la conversación. Unas pocas horas después, habían abandonado la provincia de Shimizu y avanzaban por la de Henkyou. No tardaron mucho tiempo en ser interceptados por una patrulla con la que compartieron un rato de charla amistosa. Los documentos de viaje expedidos por Kiyomori los autorizaban a regresar a Oiku.
Siguieron las indicaciones de los soldados y poco tiempo después llegaron a una casa de te donde fueron los únicos huéspedes aquella noche.
El camino que seguían estaba poco transitado. A cierta distancia al oeste, discurría la importante carretera que unía Tonfajutsen con Foshi y Rugashi. Los León mantenían esta vía en perfecto estado para permitir el desplazamiento ágil de sus ejércitos y su aprovisionamiento gracias al grano almacenado en Foshi. Por supuesto la exhaustiva vigilancia a que era sometida esta ruta podía resultar inconveniente para los planes de los dos viajeros que mantuvieron su ritmo tranquilo durante dos días más.
Al atardecer se adentraron en las tierras de Oiku sin encontrarse con patrulla alguna. Hideyori se mostró tan complacido por evitar un encuentro que no deseaba, como irritado por la falta de atención en la vigilancia fronteriza. Sin duda en ausencia de Kiyomori las cosas habían cambiado en Oiku, y no precisamente a mejor.
Aquella noche acamparon a la intemperie, alejados del camino y al abrigo de un grupo de abetos. Hideyori durmió intranquilo, prisionero de inquietantes sueños hasta que Nogura susurró algunas palabras en voz queda que tuvieron un efecto balsámico en el bushi.
Emplearon otros dos días viajando por la vasta provincia de Oiku, tan grande que la suma de Shimizu y Henkyou suponía poco más de la mitad de la extensión de las tierras de Kiyomori.
La ausencia de vigilancia era más que evidente y no encontraron ni una sola patrulla en el camino lo que intranquilizaba a Hideyori cada vez más. Habían seguido aquella ruta, viajando a un ritmo tranquilo que no despertase sospechas y dando un rodeo innecesario justamente porque esperaban una menor vigilancia, pero las patrullas de Oiku simplemente parecían no existir.
Dama Sol no tardaría más de tres horas en desaparecer por el oeste dando el relevo a Señor Luna cuando llegaron a la Carretera Siempre en Guardia. La tomaron encarándose al sol, en dirección a Rugashi, extrañados por la apariencia desierta de la calzada. Durante casi una hora avanzaron arropados por la calidez de Amateratsu sin encontrarse con nadie y después tomaron el desvío hacia el norte que les conduciría a su destino.
Haru Shiro se hizo visible enseguida, envuelto por las primeras sombras del ocaso, con la tozudez brillante del crepúsculo justo detrás del alto edificio central. Aquel brillo se apagaba lentamente otorgando al conjunto defensivo un aspecto triste y desolado, casi decadente.
La pequeña aldea de Haru estaba demasiado tranquila. Los dos samurai dirigieron sus caballos por entre las casas del villorrio campesino sin encontrar niños jugando o campesinos regresando de los campos.
Se dirigieron a una hospedería que proclamaba sus servicios con un vistoso letrero y anunciaron su presencia desde el exterior. Una muchacha, apenas una niña, se hizo cargo de los caballos mientras que su madre, a juzgar por los rasgos de ambas, invitaba a los samurai a entrar.
Los dos jóvenes se relajaron con la tibieza del baño y disfrutaron de los primeros momentos de verdadero descanso desde que cinco días atrás abandonaran el castillo de Masako.
Masako.
Hideyori no podía dejar de pensar en ella. La volutas del vapor de agua se retorcían burlonas delante de sus ojos antes de desaparecer, como si quisieran ridiculizar al samurai adivinando sus secretas emociones.
La chiquilla que habían visto antes en el exterior entró en la estancia y se arrodilló ante los samurai. Cuidando de no mirarle a la cara, la niña comenzó a frotar enérgicamente la piel de Hideyori con un trozo de esparto, provocándole un agradable picor al estimular su circulación.
Las salpicaduras y el vapor humedecieron las ropas de la chiquilla convirtiéndolas en una segunda piel que revelaba unas incipientes formas de mujer. El cuerpo de Hideyori respondió al deseo carnal aún con la imagen de Masako presente. El bushi rechazó las friegas de la muchacha con un gruñido lo que provoco que la campesina se disculpara tocando varias veces el suelo con la frente.
Hideyori se sintió culpable de inmediato pero decidió ignorar a la atemorizada joven que comenzó a ocuparse de su compañero.
Más tarde, ambos samurai tomaron una cena a base de sopa de arroz, pescado ahumado y crujientes verduras.
—¡Mujer!— llamó Hideyori—. ¿Eres viuda?
—No, mi señor— negó la campesina visiblemente nerviosa.
—¿Y donde está tu marido entonces?
La heimin retorció un paño entre sus manos crispadas, parecía que estuviese matando un pollo antes de responder.
—Señor… Todos los hombres sanos se han marchado.
—¿Marchado?— gritó Hideyori asustando aún más a la mujer— ¿Adónde se han marchado?
La mujer se humilló tocando el suelo con la frente mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. La chiquilla del baño corrió junto a su madre e imitó de inmediato su postura.
—¡Os pido perdón, mi señor! — gimoteó la casera sin levantar la cabeza.
Nogura pidió la palabra con un gesto que pasó inadvertido para las heimin e Hideyori asintió con la cabeza.
—No tenéis nada que temer— tranquilizó el shugenja—. ¿Puedes explicarnos donde están los hombres de Haru?
—Jinzaburo-sama se los llevó consigo antes del mediodía pero no se adonde se dirigían…
—¡Maldito perro traidor!— escupió Hideyori— ¿Iban soldados con ellos? ¿Cuántos eran?
Las dos mujeres arrodilladas y temblorosas trataban de mantener la compostura mientras Nogura intentaba suavizar la situación.
—¿Cómo te llamas, pequeña?— inquirió el shugenja dirigiéndose a la joven.
—Ami, samurai-sama.
—¿Tuviste ocasión de despedirte de tu padre?
—Hai, samurai-sama
—¿Le viste marchar?
—Hai, samurai-sama
—¿Recuerdas algo de ese momento, Ami?
—Hai, samurai-sama— comenzó a decir la niña tras dudar unos instantes—. Yo, yo… Estaba triste y lloraba porque no podía verle.
—¿Porque había muchos hombres juntos?— interrogó el shugenja con suavidad.
—Hai, samurai-sama. Y porque el sol me daba en los ojos.
—Arigato Ami— agradeció Nogura obsequiando a la pequeña con una sonrisa—. Podéis retiraros.
Hideyori realizo una leve reverencia inclinando la cabeza hacia el shugenja en señal de aprobación. Comprendió que no siempre el sendero más corto es el que mejor conduce al destino, que Nogura podía aportarle más cosas de las que en un principio había pensado, que lo que los había unido no lo había hecho por puro capricho, que junto a él podía suplir sus carencias y encontrar el punto de equilibrio.
El bushi apuro su taza de sake mientras unía todas las piezas del rompecabezas. Cuando madre e hija salieron de la estancia se dirigió a Nogura con un rictus de gravedad.
—Nogura-san, mientras nosotros viajábamos hacia Haru, mi señor Kiyomori-sama se desplazaba hacia el valle Minori, no muy lejos de la ruta que hemos seguido. Y no lo hacía solo, las fuerzas de Michinori Shiro lo acompañaban. Además ha enviado emisarios para reunir tropas leales en el valle con la intención de formar un ejército y tomar este lugar.
—Pero Jinzaburo ha dejado Haru— añadió el shugenja sin comprender— y se dirige hacia el sur…
—Al encuentro de mi señor…
—Pero no tiene sentido, en campo abierto perderá la ventaja de los muros del shiro…
—Si espera tras la muralla, el ejército de Kiyomori-sama será cada vez más numeroso… Si sale a campo abierto se enfrentará a un menor número de enemigos. Así se asegura el honor de la victoria o el de la muerte en el campo de batalla. En cualquier caso, saldrá ganando.
—Pero…—Nogura sacudía la cabeza sin comprender—… Para él Kiyomori-sama puede estar en cualquier parte.
—No tardará en averiguarlo y nos lleva ventaja. Partiremos con las primeras luces.
El shugenja se retiró a su habitación dejando a Hideyori sumido en sus pensamientos. Apuró otra taza de sake mientras se preguntaba si Nogura sería capaz de aguantar la dura cabalgada que les esperaba por delante.
No tardó mucho en retirarse también aunque sabía que le costaría dormir esa noche, debía reunir más información sobre las fuerzas de Jinzaburo e informar a su señor cuanto antes.
El sake le permitió dormirse enseguida y su último pensamiento consciente no fue para la inminente batalla, sino para Masako.