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5.- La importancia del momento (Parte III)

Por BlackSheep - 4 de Enero, 2007, 17:30, Categoría: 1.- Relatos

Ogai les esperaba fuera pues estaba preparado para partir hacía ya tiempo. Los monjes les habían proporcionado comida y agua y capas de viaje para resguardarse del frío y la lluvia, que aquella mañana había regresado.

Los cuatro viajeros, con Hayato a la cabeza, avanzaban por el bosque, abriéndose camino lentamente. Habían decidido internarse hacia el corazón de la floresta, donde no corrían peligro de ser vistos, aunque aquello los retrasaría. De cuando en cuando, se detenían para descansar unos minutos y Hayato aprovechaba para desparecer y comprobar que nadie les siguiera.

Aquella noche durmieron al raso, preparando un refugio utilizando las capas de viaje  a modo de toldos. Hayato insistió en que él, Ogai y su hijo se organizaran en turnos de guardia por la noche.

La mañana siguiente amaneció húmeda y fresca pero al menos había parado la lluvia. Durante las primeras horas mantuvieron la misma dirección pero tras el primer descanso, se encaminaron, siempre abriéndose paso por el bosque, hacia el sudoeste.

Mantuvieron el nuevo rumbo durante tres días y finalmente llegaron al límite del bosque en las últimas horas de luz. Durante todo el tiempo, la lluvia les había acompañado, más persistente e intensa que en todo el mes anterior y aunque resultaba más penoso viajar en esas condiciones, al menos las patrullas tendrían menos visibilidad.

Hayato los dirigió hacia el oeste, cruzando la llanura bajo un cielo cada vez más oscuro que parecía interesado en protegerles. Continuaron avanzando a pesar de que su destino estaba hacia el sur, pues pretendían dar un rodeo para eludir cuantas más patrullas mejor.

Llegaron ya totalmente de noche a una minúscula aldea campesina y decidieron cenar caliente y dormir bajo techo. Nadie les hizo preguntas.

Partieron al día siguiente antes de que amaneciera. La lluvia continuaba sin dar tregua y el grupo avanzó algunas horas más hacia el oeste. Descubrieron una patrulla a cierta distancia pero lograron ocultarse y se alejó sin haberlos encontrado.

Después de que hubieron comido, Hayato los dirigió hacia el sur advirtiéndoles que a partir de ahora el viaje se volvería más peligroso. Debían abrir bien los ojos, tratarían de evitar los pueblos grandes y se aprovecharían del terreno, rodeando las colinas si era necesario.

A media tarde, se detuvieron a descansar refugiados entre un pequeño grupo de árboles. Hayato desapareció durante casi dos horas y cuando volvió traía buenas noticias.

—A un kilómetro y medio de aquí, hay un pueblo llamado Ichiramon. Tiene cierto tamaño pero no hay rastro de samurai en él. Hay una casa de te donde podrían alojarnos.

—Está bien— afirmó Kiyomori—. Descansemos en Ichiramon.

Cuando llegaron al pueblo y entraron en la casa de te, sintieron la caricia del calor del fuego. Les recibió el propietario, quien se deshizo en obsequiosas reverencias y les ayudó a instalarse. Pronto se reunieron todos en la desierta sala común para tomar la cena.

Les sirvieron una sopa de arroz que asentó su estómago, pescado hervido acompañado de verduras y un sake caliente que les pareció mejor de lo que en realidad era. La cena transcurrió en silencio y  se retiraron pronto a descansar. 

Al día siguiente, se reunieron de nuevo una hora antes del amanecer. El propietario les había preparado el desayuno y estaba sirviendo te caliente en los cuencos antes de que tomaran asiento.

Junto a su mesa había otro huésped madrugador con aspecto de ronin. Les saludó con una leve inclinación de cabeza a medida que se iban acomodando y volvió a concentrarse en sus propios asuntos.

Tomaron un poco de arroz frío y todos guardaron tal silencio que podía escucharse la lluvia en el exterior. El casero había sido previsor y había dejado junto al té una botella de sake caliente. Hideyori se percató de que su padre lanzaba miradas de desconfianza al ronin solitario de cuando en cuando.

Ogai cogió la botella de sake dispuesto a llenar todos los cuencos excepto el suyo cuando, de pronto, una gota de lluvia cayó sobre su mano. Puso un gesto de fastidio y miró hacia arriba tratando de descubrir el origen de la gotera pero lo que descubrió le hizo dar un grito de alarma. Entonces, todos pudieron ver como una figura encapuchada se precipitaba sobre su mesa.

Los cuatro samurai echaron mano a la empuñadura de las katana, Ogai había dejado el dai-tsuchi en su habitación, y varias hojas dejaron la saya al mismo tiempo con un siseo de acero. Pero el ronin gigante mantuvo su arma en la funda.

Todo ocurrió muy rápido. El asesino aterrizó de pie en la mesa antes de que las hojas hubiesen salido en toda su longitud. Kiyomori lanzó un golpe, pero el sicario atrapó la espada con el sai que esgrimía en la mano izquierda al tiempo que obligaba a Hideyori a bloquear un ataque ejecutado con el ninja-to de su otra mano. Ogai, que se empeñó en conservar su espada en la saya, propinó un puntapié tan brutal a la mesa que derribó al asesino.

El ronin solitario había desenfundado también su katana y se dirigía hacia Kiyomori. Hayato bloqueó la hoja del ronin con su espada pero su enemigo contraatacó con tal velocidad que Hayato supo que no podría desviar el segundo golpe. La hoja llevaba una trayectoria mortal que debió seccionar la espina dorsal del daimyo. Pero Hayato se dejó caer sobre la hoja salvando a su señor.

El encapuchado se puso en pie con un salto acrobático pero se encontró con la katana de Hideyori que lo partió en dos de un solo golpe. Kiyomori se giró sobre sí mismo decapitando al ronin traidor. 

—Hayato, podrás mirar a los ojos a tus antepasados— aseguró Kiyomori dirigiéndose al cadáver de su leal samurai.

El daimyo hizo un gesto con la cabeza y Ogai se llevó fuera a un Hideyori aparentemente imperturbable. Ambos permanecieron sin decir nada bajo la lluvia.

Transcurridos algunos minutos, Kiyomori salió de la casa de té acompañado por el casero que cargaba con las pertenencias de los otros dos. Cuando Ogai recuperó su dai-tsuchi el pobre hombre estuvo apunto de sufrir un ataque de pánico.

—¡Toma, Hideyori!— dijo el daimyo entregándole las espadas de su padre envueltas en un paquete de tela—. Podrás dárselas a tu hijo con orgullo. 

Domo arigato, sama

—¡Toma esto también!—añadió Kiyomori ofreciéndole un pañuelo de seda—. El polvo del camino parece haber irritado tus ojos.

Kiyomori comenzó a caminar hacia el sur acompañado por el ronin. Ogai observó de soslayo al daimyo y no pudo evitar sentir una gran admiración ante la salida honorable que le había ofrecido al entregarle el pañuelo con un pretexto absurdo a un chiquillo que había sufrido demasiadas emociones en muy poco tiempo en el mundo de los hombres.

Hideyori los alcanzó poco después y se situó junto a su daimyo, con el paso firme y seguro. Ogai se dio cuenta de que en la casa de te no solo había muerto Akodo Hayato sino que también había muerto el pequeño Uro. Y aquello sin duda había hecho más fuerte a Akodo Hideyori.

Los tres viajeros caminaban deprisa sin dejar de mirar atrás. Era cuestión de tiempo que supieran que su trampa no había funcionado y el rastro que dejaban en el terreno blando a causa de la lluvia solo iba a ponerles las cosas peor.

Pudieron avanzar durante dos horas bajo la lluvia sin rastro de las patrullas pero pronto tuvieron que tirarse al suelo mientras un grupo de jinetes aparecía por el este. Afortunadamente no fueron descubiertos y resultó evidente que aquel destacamento no estaba al tanto de su ruta.

Reemprendieron la marcha y al poco tiempo Hideyori señaló hacia algún punto a sus espaldas.  

Kimabusha al norte— informó el joven samurai—. ¡Y nos han visto!

Los tres comenzaron a correr pesadamente bajo la lluvia mientras una treintena de jinetes se lanzaba en su persecución. Cuando empezaron a caer las primeras flechas sobre los fugitivos llegaron a un pequeño puente de madera.

—¡Es inútil!— sentenció Kiyomori—. Resistamos al otro lado del puente. Aunque pueden rodearnos rebasando el  río es un buen sitio para morir.

Los dos samurai León desnudaron sus katana y se encomendaron a sus ancestros. El ronin preparó su descomunal martillo dispuesto a aplastar cuantas cabezas fuese posible antes de morir. Se despojaron de las capas enfangadas y dejaron que la lluvia les golpease en el rostro mientras escuchaban el retumbar de los cascos de los caballos que se detuvieron a una veintena de metros de distancia.

El grupo de kimabusha, armado con arcos y yari, estaba liderado por un imponente samurai de armadura oscura, un taisha fiel a Jinzaburo.

—¡Katoichi!— gritó Kiyomori—. ¡Tu padre y tu abuelo se consumen de vergüenza al contemplarte! 

—¡Pronto podrás saludarles en persona! ¡Cargad!

La kimabusha cargó dividiéndose en tres grupos. Mientras los flancos se dirigían al río para atravesarlo por ambos lados del puente, el grupo central atacaría directamente a los tres samurai.

—¡Padre! ¡Contempla a tu hijo!— gritó Hideyori.

El tronar de los cascos se hizo ensordecedor y algunas flechas cayeron en la orilla. Katoichi gritó la orden de retirada y la kimabusha se volvió al completo galopando en dirección contraria.

Un grupo de jinetes cruzó el río persiguiendo a la caballería de Katoichi hasta que una voz ronca como el rugido de un león ordenó que se detuvieran.

Los jinetes recién llegados eran Akodo fieles a Masako, una diminuta mujer con mon de los Akodo pero armadura al estilo de los Matsu.

—¿Te encuentras bien, cuñado?— bromeó Masako

Hai, mi señora—respondió el daimyo— Nunca me he alegrado tanto de ver la famosa kimabusha de Masako

—Sato me ha informado de que Jinzaburo ha movilizado sus patrullas por varias provincias con la excusa de rescatarte de tus captores…

—¿Sato está aquí?— se sorprendió Kiyomori

Hai, sama. Aquí estoy. Imaginé que este sería vuestro destino más lógico pues en ningún momento creí esa patraña. Llevamos varios días patrullando para encontraros antes que Jinzaburo.

—Dudo mucho que Katoichi tenga lo que hay que tener para volver ahora pero aún así…— habló Masako— ¿No preferiríais ver caer la lluvia desde Michinori Shiro?

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