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4.- La importancia del momento (Parte II)

Por BlackSheep - 3 de Enero, 2007, 0:15, Categoría: 1.- Relatos

Hideyori apretó el paso para seguir a los otros. El corazón le latía con fuerza al no entender lo que estaba ocurriendo. Su padre jamás habría aceptado una conducta como la que él mismo estaba manteniendo. Sin embargo obedecería sus órdenes por el respeto que le debía, al menos hasta que entrara oficialmente al servicio del gobernador de Oiku.

Llegaron muy cerca del linde del bosque, allí donde comenzaba el sendero que llevaba a Hakamono y mientras Hideyori y el gigante recuperaban el aliento, Hayato se aseguró de que los viajeros no estuvieran cerca.

—Este es un buen lugar— indicó Hayato—. Ocultaos cerca del sendero, uno a cada lado y no ataquéis hasta que yo lo haga.

Hideyori se ocultó cuidadosamente y perdió de vista a los otros. Experimentaba una sensación de náusea en el estómago y no solo eran los nervios. Estaba a punto de entrar en combate por primera vez y no solo desconocía todos los detalles, sino que iba a hacerlo emboscado como un bandido. 

Cuando transcurrió lo que a Hideyori le pareció una eternidad, se oyeron los sonidos de un grupo que se acercaba. Los siete samurai vestían con anónimas ropas de viaje, sin colores de clan ni emblemas familiares, pero protegidos con armaduras. 

Abrían la marcha tres hombres, el que ocupaba la posición central unos pasos más adelantado que los otros dos. Unos metros por detrás caminaban otros dos hombres, muy próximos entre sí, el uno delante del otro. Y cerrando la marcha, otros dos samurai cubriendo cada uno una orilla del sendero.

Y justo cuando el trío de cabeza llegó a la altura del escondrijo de Hideyori estalló el infierno.

Hayato se lanzó hacia el samurai de retaguardia más próximo a él esgrimiendo katana y wakizashi. El viajero apenas si llegó a desnudar unos centímetros de acero antes de ser decapitado por un golpe ejecutado de manera extraordinaria. Casi al mismo tiempo, arrojó el wakizashi contra el otro samurai, provocándole un feo corte en la parte interior del muslo.

Los otros samurai desenfundaron las espadas a excepción del señor, que recibía toda la atención de su yojimbo, quien trataba de interponerse entre su protegido y Hayato. El sonido del metal deslizándose fuera de las saya y los gritos de alarma se enseñorearon de aquel lugar del bosque.

Hideyori y el gigante atacaron simultáneamente. El joven lanzó un ataque con la katana de su abuelo contra uno de los samurai que se estaba volviendo hacia él al advertir la presencia de nuevos atacantes. Aquel filo centenario cortó carne y hueso con pasmosa facilidad cercenando la mano izquierda de aquel desafortunado.

En el otro lado del camino, el gigante lanzó un grito escalofriante y golpeó de arriba abajo con el martillo alcanzando a su enemigo en el hombro izquierdo, convirtiendo en astillas la clavícula. Un segundo ataque golpeó la pierna de apoyo que se dobló con un siniestro crujido. Ya con su oponente caído, el titánico ronin le propinó el golpe de gracia.

Hayato había conseguido retrasar el ataque de su rival gracias a su estratagema pero aunque aquella herida no dejaba de sangrar, su enemigo mostraba una entereza digna de elogio. El guardián trató de lanzar un ataque pero la espada de Hayato no le dio opción y cayó a tierra tratando de sujetarse las vísceras que asomaban por una brutal herida en el vientre.

El guardián que abría la marcha atacó al gigante valerosamente pero éste bloqueó el golpe con el asta de su arma. Y no tardó en contraatacar. El dai-tsuchi impactó violentamente en el rostro del samurai que cayó fulminado.

Los ojos de Hideyori recorrieron el escenario de la escaramuza con rapidez y al no ver señales de peligro hizo aquello para lo que mejor le habían preparado durante todos estos años; cumplir órdenes. Con un golpe diestro decapitó a su enemigo caído.

—¡Atrás asesinos!— bramó el yojimbo protegiendo al señor con su cuerpo.

Hayato, que esgrimía de nuevo las dos armas, avanzó hacia el guardián descubriendo su rostro.

—¡Traidor!— acusó el yojimbo escupiendo al suelo. 

—¡Quieto Hayato!— ordenó el señor deteniendo el avance del samurai—. Esto es cosa mía.

Hayato se detuvo haciendo una reverencia a su señor, que liberó la katana de la saya. Su guardián lo miró sin comprender.

—Eizo, durante generaciones tu familia ha protegido a la mía. Por ello te tiendo la mano con generosidad.

El yojimbo sopesó sus opciones durante algunos segundos sin decidirse.

El señor tendió su mano izquierda abierta hacia Eizo mientras Hayato buscaba un solo signo, por débil que fuese, que le permitiese intervenir poniendo fin a aquello. Finalmente, Eizo clavó su espada en el suelo y se puso de rodillas haciendo una profunda reverencia al tiempo que desprendía del obi su wakizashi dentro de la saya.

Sin levantar la cabeza del suelo, alzó su espada corta ofreciéndosela a su señor.

—No hay deshonor para quien acepta su destino. Vayamos al templo, Eizo. Hayato te asistirá en la ceremonia como kaishanu-nin. 

Domo arigato gozaimasu, Kiyomori-sama— agradeció sinceramente Akodo Eizo.

—¡No hay tiempo que perder sama!— se opuso Hayato—. ¡Acabemos esto ahora!

—¡Vayamos al templo!— zanjó el daimyo.

Cuando Akodo Kiyomori pasó junto a Hideyori, éste realizó una profunda reverencia y aunque no entendía absolutamente nada de lo que había pasado, le embargó una gran satisfacción al comprender que había servido a su señor.

Caminaron durante varias horas a buen ritmo, sin parar a descansar y casi completamente en silencio. Cuando llegaron al templo, Kiyomori fue recibido con respeto pero el rostro grave y ceñudo del daimyo indicó a los monjes que había algún asunto grave que aconsejaba la prudencia.

Kiyomori y Seitaro se saludaron con sincero respeto, no en vano se conocían desde hacía años y cualquiera de los dos consideraba amigo al otro. El daimyo habló con voz queda y Seitaro se apresuró a dar algunas instrucciones para que todo estuviese listo lo antes posible para la ceremonia.

Una hora después de su llegada, Hayato y Eizo entraron en una estancia cuyo suelo había sido cubierto con esteras de paja para la ocasión. En el centro habían colocado un cojín blanco, una bandeja blanca con papel de arroz, pincel y tinta a su derecha, un soporte de madera para el daisho delante, y un cubo de madera a la izquierda.

Eizo y Hayato intercambiaron una reverencia y el primero se arrodilló sobre el cojín. Tomó su katana y la colocó en el soporte. La saya vacía del wakizashi ya se encontraba allí.

Durante toda la noche, Eizo rezaría suplicando a sus antepasados el perdón y meditaría para encontrar la paz interior, la conciencia plena del instante presente.

Seitaro y Kiyomori habían invitado a Hideyori y Ogai, este era el nombre del ronin gigantesco, a reunirse con ellos y los cuatro mantuvieron una modesta cena privada.

—Voy a explicaros la situación— anunció Kiyomori—. Mi propio primo, Akodo Jinzaburo, shireikan de mis tropas conspira para arrebatarme el poder. Incluso Sakura, mi hombre de confianza está con Jinzaburo. Naturalmente tengo samurai fieles pero están alejados y retenidos mediante órdenes absurdas que deben respetar por su honor.

Hideyori sintió una furia incontrolable. Si él hubiera sabido todo esto cuando tuvo lugar su encuentro con Akodo Sakura se lo habría hecho pagar con la vida.

—Gracias a la guía de mis ancestros, he sabido ver que mis enemigos planeaban asesinarme a muy corto plazo, así es que precipité las cosas para jugar una baza que no esperarían.

El rostro del daimyo, de facciones afiladas que recordaban las de un halcón, se contraía en un rictus de ira al recordar los planes de sus enemigos.

—Anuncié a Sakura mis deseos de inspeccionar mis tierras de incógnito a sabiendas de que no se atreverían a acabar conmigo en mi propia provincia y le transmití mis deseos de visitar además al honorable Seitaro aquí en Hakamono. El terreno era propicio para que intentaran algo, un bosque en la provincia de Kokoro. Por supuesto, gracias a Seitaro , tenía a Sakura bajo la mejor vigilancia posible. El me había hablado de la valía de Hayato, fiel a toda prueba, y prácticamente invisible para los samurai de alta posición. 

Ogai se encontraba incómodo en presencia de alguien tan importante como Akodo Kiyomori. Su enorme tamaño le hacía dar una falsa impresión de rudeza y con tanta charla él era el único que había apurado su cuenco de sake. Si se hubiera encontrado en una taberna se habría servido él mismo, pero hacerlo allí se hubiera interpretado, y con razón, como una infracción de la etiqueta. Por aquella razón, llenó los otros tres cuencos hasta el borde. Sabía que inmediatamente alguien le llenaría su cuenco, pues de no hacerlo estarían incurriendo en una grosería. Y así fue, Hideyori le sirvió sake de manera automática, sin ser consciente de que lo hacía.

—Hayato escuchó una conversación entre Sakura y Eizo en la que ambos dejaban claro que esta visita era la oportunidad que estaban esperando, que solamente hacía falta tener los compañeros de viaje adecuados. Esa es la razón de vuestro ataque esta mañana. 

—¿Y cual es el siguiente paso?— preguntó Hideyori. 

—Nos reuniremos con Akodo Masako en Michinori Shiro y desde allí planearemos el siguiente paso. Eludiremos las rutas principales lo que nos llevará alguna jornada más de la cuenta.  

—¿Acaso creéis que los hombres de Jinzaburo se atreverán a buscarnos en Kokoro o Shimizu? 

—Estoy convencido, y tu padre también. De ahí que no comparta mi decisión de ofrecer una salida honorable a Eizo. Cada minuto que pasa aumenta el peligro. 

—¿Y no pensáis que esos hombres pueden venir aquí y poner en peligro a los monjes?— pensó Ogai en voz alta envalentonado por el sake.

—Sabemos cuidar de nosotros mismos, Ogai— aclaró el maestro Seitaro .

—Será mejor que durmamos un poco— recomendó Kiyomori—. Nos esperan unos días muy largos. 

A la mañana siguiente, Kiyomori asistió a la ceremonia de sepukku así como Hideyori que también fue invitado.

Eizo colocó la bandeja delante, humedeció el pincel en la tinta, y comenzó a trazar con pulso firme los kanji que representaban el haiku que había compuesto. Después de aguardar el tiempo necesario para que la tinta estuviera bien seca, tomó el papel de arroz con la mano derecha y recitó en voz alta.

Las flores del cerezo

no las veré más

lluvia de primavera

Depositó el papel de nuevo en la bandeja y la colocó a la derecha del cojín.En ese momento, entró un monje portando una bandeja blanca con un vaso de cerámica y una botella de sake. El monje se arrodilló delante de Eizo y ambos se saludaron. El yojimbo se sirvió un poco de vino de arroz, rodeó la parte inferior del vaso con la palma de su mano derecha y tomó dos breves sorbos levantando el vaso. Tras unos segundos volvió a tomar otros dos sorbos y devolvió el vaso a la bandeja. El monje se la llevó y se colocó al otro lado de la habitación. Hayato se situó detrás de Eizo y hacia la izquierda, junto al cubo, tomando su lugar como kaishanu-nin, con la katana fuera de la saya.

—Yo Akodo Eizo, he traicionado la confianza de mi señor. Para honrar el nombre de mi familia y devolverlo tan libre de mancha como me fue entregado, cometo sepukku con permiso de Kiyomori-sama.

Eizo dedicó una reverencia a cada uno de los presentes y acto seguido se desnudó el torso, sujetando las mangas del kimono bajo las rodillas. Un nuevo monje entró en la sala portando otra bandeja blanca que colocó con gran cuidado delante de Eizo antes de retirarse hasta arrodillarse detrás de Hayato. Sobre ella se encontraba el wakizashi, envuelto en papel de arroz sujeto por tres cordeles de seda roja. La espada apuntaba hacia la izquierda con el lado afilado más próximo a Eizo. Solamente la empuñadura y unos tres centímetros de hoja desde la punta quedaban al descubierto.

Eizo tomó el wakizashi sin vacilación, hundió la hoja en el lado izquierdo del abdomen por debajo del ombligo y comenzó a cortar su vientre hacia la derecha. Seguidamente continuó con un corte en sentido ascendente, hacia el corazón. La katana de Hayato decapitó entonces a Eizo para evitar que su rostro reflejase el terrible dolor y con ello el deshonor.

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