Mes del Dragón - Primavera de 1156
La ciudad de Oiku, capital de la provincia del mismo nombre, era de vital importancia no sólo para los Akodo, sino para todo el clan. Su privilegiada ubicación estratégica no obedecía solamente a su proximidad a Toshi Ranbo, protegía además la entrada a las tierras Akodo desde el único puente que cruzaba por tierras León el Oboreshinu Boekisho Kawa o Río del Mercader Ahogado.
Las tropas de Oiku siempre estaban preparadas para acudir en amparo del daimyo del clan o reforzar la defensa del puente ante un posible ataque de los Dragón. Aunque no había hostilidades entre ellos desde hacía algún tiempo ambos clanes estaban técnicamente en guerra debido al conflicto fronterizo que mantenían los Dragón y el clan del Fénix, aliados estos últimos de los León.
A pesar del enorme tránsito de incontables caravanas en los meses cálidos, Oiku no podía considerarse una ciudad comercial. Todo en ella era predominantemente militar, gruesos muros que la convertían en una enorme fortaleza capaz de albergar numerosas tropas, amplias vías de salida, campos de entrenamiento junto a las tierras de cultivo circundantes, y un extraordinario castillo desde donde Akodo Kiyomori gobernaba la provincia.
La aldea donde se encontraban los campos de cultivo de Oiku se llamaba Nakuyama, aunque la mayoría de soldados ignoraba este hecho y le daba el mismo nombre que a la ciudad. Los campesinos, los mercaderes más pobres y muchos samurai, especialmente los de más bajo rango, vivían fuera de las murallas.
Hideyori llegó a Nakuyama una suave tarde de cielo gris que presagiaba lluvia y se instaló en la modesta casa de Hayato. Su padre debía estar cumpliendo su deber en la muralla pues la morada estaba vacía.
A la mañana siguiente, Hideyori entró en la ciudad de Oiku y se dirigió al castillo para presentarse, como era su deber, ante su señor. Aguardó durante horas antes de que un ji-samurai le comunicase que el daimyo no le recibiría.
Al día siguiente, tras nuevas horas de paciente espera irrumpió en la sala un samurai con un exquisito kimono. Hideyori reconoció el mon familiar de los Akodo y aunque no conocía a aquel hombre advirtió que se trataba de alguien de alta posición, por lo que efectuó una profunda reverencia.
—Kiyomori-sama es un hombre muy ocupado— graznó el samurai— y no tiene tiempo para recibir a alguien de tan poca importancia como tu. No vuelvas por aquí hasta que no se te reclame.
—Hai, Akodo-sama— aceptó Hideyori notando el rubor de sus mejillas.
Regresó a casa un tanto desconcertado y allí encontró por fin a un abatido Hayato.
—Bienvenido a casa, hijo.
—Arigato, padre. ¿Os ocurre algo? Parecéis preocupado.
—No es nada, no he podido dormir demasiado esta noche en el relevo.
Padre e hijo comieron en silencio. Hideyori intuía que algo no iba bien, su padre parecía apesadumbrado pero lo conocía demasiado como para seguir insistiendo.
—¿Has visto al señor?— preguntó Hayato
—No padre. Kiyomori-sama tiene muchos asuntos urgentes que atender. Un samurai de alta posición me lo ha comunicado.
Hideyori se percató de la expresión de alarma que pronto reprimió su padre, pero fingió no darse cuenta.
—¿De quien se trataba?— se interesó Hayato.
—Era un Akodo, padre. No me dijo su nombre y tampoco fue demasiado amable conmigo.
—¿Tenía cara de estar estreñido?— preguntó Hayato con desdén.
—¡Padre!— exclamó Hideyori escandalizado por las palabras de su progenitor—. No deberíais hablar así de uno de los hombres de nuestro señor… Pero sí, ya que lo mencionáis, su rostro parecía el de alguien que ha mordido una ciruela amarga.
—¡Sakura!— escupió el nombre Hayato—. Es el karo de Kiyomori-sama.
El resto de la comida transcurrió en silencio, Hayato tenía una expresión grave en el rostro que era incapaz de disimular completamente pero su hijo sabía que era inútil preguntar nada.
—Escucha con atención lo que voy a decirte, hijo. Quiero que partas de inmediato al templo Hakamono y que esperes allí. Nadie debe saber a donde vas. ¡Nadie! ¿Has entendido?
—Pero padre…— intentó protestar Hideyori.
—Una vez allí, conocerás más detalles— interrumpió Hayato—. ¿O debo recordarte que un samurai tiene el deber de la obediencia?
—¡Haré lo que me ordenáis!
Aquella noche Hideyori no pudo conciliar el sueño y se levantó malhumorado. No entendía por qué debía abandonar Oiku en secreto, como un forajido, y no concebía qué pudiera ser tan grave como para que su padre no lo compartiese abiertamente con él. ¿Acaso no era un samurai? Había dado lo mejor de si mismo durante años para convertirse en alguien digno de confianza y su voluntad observaba los preceptos del bushido sin desviarse un ápice del camino del guerrero.
Terminó de ponerse la armadura y se ajustó el daisho al obi. Salió al exterior cuando comenzaba a clarear. Llovía débilmente y ello contribuyó a agriar aún más su carácter.
Los heimin de Nakuyama comenzaban a salir de sus casas para iniciar sus tareas diarias. Desde los puestos de guardia, bajo aquella lobreguez matutina, la partida de Hideyori pasaría inadvertida.
Tomó la Carretera Siempre en Guardia en dirección sudoeste, hacia la bulliciosa ciudad comercial de Rugashi y caminó durante aproximadamente una hora. La calzada perfectamente mantenida y custodiada por los Akodo no tenía demasiada actividad aún, unos pocos comerciantes madrugadores, campesinos que se dirigían a los campos más alejados y algunas patrullas a caballo que no prestaron atención a Hideyori al reconocer el mon Akodo en su kimono.
Cuando estuvo seguro de que no había ninguna patrulla cerca dejó la calzada encaminándose hacia el sur, atravesando la verde llanura con suaves colinas que conformaba el bello paisaje de casi toda la provincia. La lluvia, fina y débil, resultaba molesta de soportar, pero contribuía a confundir su figura con el horizonte a cierta distancia.
Continuó su avance hacia el sur agradeciendo a los ancestros que ningún destacamento de la caballería Akodo lo hubiese interceptado. Al final de la tarde vislumbró una casa solitaria, había dejado de llover pero tenía frío y estaba hambriento y la perspectiva de cobijarse bajo un techo le pareció de lo más seductora.
Se dirigió hacia la casa con grandes pasos, alborotando a las gallinas que picoteaban frente a la entrada, y penetró en la vivienda. Dentro, los heimin se llevaron un susto de muerte al ver aparecer a un samurai en su propia morada.
La habitación hacía las veces de cocina y dormitorio de Gunasu, su esposa y cinco chiquillos, pero a pesar del innegable desorden de la abarrotada estancia la atmósfera resultaba de lo más confortable.
Compartieron su humilde cena con él, avergonzados y temerosos al principio, pero cuando los campesinos se convencieron de que Hideyori no les causaría problemas, Gunasu abrió una vasija de sake que sirvió en cuencos calientes.
—Para las ocasiones especiales, señor— aduló el heimin—. Beba, beba…
A pesar de las protestas de Hideyori, Gunasu y su esposa insistieron en cederle su futón y durmieron en el suelo, porque era bueno para los huesos según dijeron.
A la mañana siguiente muy temprano, Hideyori partió del hogar del campesino, no sin antes tomar el desayuno que la esposa de Gunasu insistió en prepararle. El samurai partió dejando tras de sí a toda una familia que no daba crédito a lo que había ocurrido. Aquel guerrero con derecho a tomar para sí todo lo que hubiese querido les había dejado en el futón varias monedas de plata.
Apresuró el paso, pues deseaba llegar al bosque lo antes posible. Si no había calculado mal, ya debía encontrarse en la provincia de Kokoro y sin documentos de viaje que le autorizaran a abandonar su propia provincia un encuentro con una patrulla podía resultar comprometido. Afortunadamente, pudo descansar seguro entre los árboles tres horas después.
Hakamono se encontraba a unas 4 horas de viaje de allí. Hideyori había acompañado varias veces a su padre y no tuvo grandes dificultades para localizar el sendero que llevaba al claro donde se levantaba el templo. Esta última parte del viaje la hizo más tranquilo, deleitándose en los recuerdos que le traía la vegetación, recuerdos de unos viajes en los que se sorprendía de niño al descubrir un nuevo tipo de árbol o arbusto, que su padre siempre sabía identificar. Hayato le decía que el terreno le hablaba a un samurai, y que para entender su lengua había que conocer cada árbol y cada arbusto, y los animales que vivían en ellos. Así un guerrero podría advertir una rama quebrada o unos pájaros que callan repentinamente y aunque entonces él no lo entendía, asentía cada vez que su padre decía que aquello podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Akodo Hideyori fue recibido con gran algarabía por los monjes, que se iban acercando para saludarle y felicitarle por haberse convertido en samurai. Algunos bromeaban llamándole Uro-sama pero lejos de sentirse ofendido, Hideyori disimuló la emoción de reencontrarse con los monjes después de tanto tiempo.
Fue conducido a una sencilla celda donde se desprendió de armas y armadura, y minutos después olvidaba los rigores del viaje tomando un baño caliente. Después paseó en compañía del maestro Seitaro charlando sobre el Tao hasta la hora de la cena. Si Seitaro conocía los detalles de su visita, se los guardó para sí.
Hideyori convivió unos días con los monjes aguardando pacientemente tal y como le había pedido su padre. Por la mañana, dedicaba algún tiempo a la práctica con la espada, lo hacía en el mismo lugar donde los novicios eran sometidos a duras pruebas físicas, castigando su cuerpo para así preparar su mente para la Iluminación. También pasaba tiempo en el santuario, rezando a sus ancestros y meditando, observaba la actividad diaria de los monjes y empleaba la mitad de las horas de cada tarde en leer el Tao, para terminar paseando con el maestro Seitaro mientras debatían acerca del significado de las palabras de Shinshei.
La cuarta noche, descubrió unas modestas ropas de un gastado color gris sobre su futón. Seitaro le comunicó misteriosamente que debía ponérselas al día siguiente en lugar de las suyas, pues debía partir antes del amanecer.
Al alba, abandonó el templo vestido con aquel viejo kimono. Nadie acudió a despedirse, tan solo un monje anciano llamado Noro que le comunicó que debía acompañarle durante un trecho. Hideyori rechazó el jingasa de paja que le ofrecía el viejo.
—No, prefiero no llevarlo— señaló el samurai—. Con estas ropas y ese jingasa pareceré un…
Hideyori no terminó la frase y se puso el jingasa ante la inexpresiva mirada del monje. Aquello cada vez le gustaba menos. Primero había abandonado Oiku en secreto y ahora iba a pasearse vestido como un ronin.
Noro guió al joven abriéndose camino a través del bosque sin embargo el samurai se percató de que no se alejaban demasiado del sendero que lo había traído hasta Hakamono. Habrían caminado durante unos treinta o cuarenta minutos cuando el monje se detuvo volviéndose hacia Hideyori.
—Continúa en la misma dirección, te esperan.
Noro musitó una breve despedida y comenzó a desandar el camino mientras un estupefacto Hideyori dudó durante unos segundos si volver con el monje o continuar adelante.
Avanzó con paso firme hasta divisar el linde de un claro. Su mano derecha rodeó el puño de la katana y continuó con pasos más cautelosos. Examinó el claro desierto durante algún tiempo antes de decidirse a entrar y apenas había avanzado unos metros cuando en el otro extremo aparecieron dos figuras que avanzaron hacia él.
Los dos hombres tenían aspecto de ronin. El que iba delante cubría su cabeza con un jingasa de tal forma que mantenía parte de su rostro oculto. El segundo hombre era gigantesco y poderoso, debía rondar los dos metros de altura, tenía el cráneo afeitado y portaba, además del daisho, un enorme dai-tsuchi. Pero lo que realmente sobresaltó a Hideyori fue reconocer la voz de su padre cuando habló el primer ronin.
—Ya estamos todos— anunció Hayato—. Los nombres no importan. Un grupo de viajeros se dirige hacia aquí por el camino del bosque. El asunto es sencillo. Son siete hombres y debemos acabar con todos excepto con su jefe. Aunque viajan de incógnito lo reconoceremos fácilmente porque lo acompaña su yojimbo. Debemos apresurarnos para escoger un buen sitio. Repito, todos deben morir a excepción del señor, que no debe sufrir daño alguno. ¡Vamos! No hay tiempo para las dudas ni para las preguntas.