Mes del Gallo - Otoño de 1155
La estancia era sencilla y se respiraba un acogedor aire de armonía, sin embargo el joven no podía evitar sentirse impresionado en presencia de su maestro.
El borboteo del hervor del agua rompió el silencio y Nogura se atrevió a lanzar una mirada furtiva para contemplar tras un velo de vaho el rostro enigmático y sabio de su anciano mentor. Los ojos del sensei se encontraron con los del aprendiz y éste bajó la mirada de inmediato, concentrando toda su atención en la tetera humeante.
Sensei Eiji colocó un cuenco junto al brasero. Inmediatamente, Nogura se desplazó sobre sus rodillas tomándolo con las manos. Dedicó una profunda reverencia a su maestro y dispuso el recipiente en la palma de su mano izquierda, al tiempo que lo sujetaba con la derecha por uno de los lados.
—Un sabor extraordinario, maestro— alabó el joven tras tomar un primer sorbo.
Probó el te dos veces más y limpió con un kaishi la parte del borde que habían tocado sus labios antes de ofrecérselo de vuelta a su maestro, quien repitió el ritual.
—Los jóvenes pensáis que los sueños no pueden esperar— afirmó Eiji—, pero los viejos sabemos que hay un tiempo para todas las cosas. Háblame ahora de él, Nogura…
—Hai, sama— respondió el alumno haciendo una nueva reverencia mientras escogía cuidadosamente las palabras—. Me desperté sobresaltado. Me llevó algunos segundos entender que me encontraba en mi habitación de la escuela Kitsu, aquí en la ciudad de Foshi, me recosté sobre el futón y traté de calmarme.
El sueño había vuelto a repetirse. Me encontraba una vez más rodeado por las llamas frente al trono vacío del Emperador, contemplando la estancia desierta velada por las formas caprichosas que las lenguas de fuego trazaban a su alrededor cuando de pronto, una sombra espectral se hizo visible ante mí.
Adiviné de inmediato la naturaleza maligna de aquel ser y de algún modo tuve la certeza de que era mi deber impedir por todos los medios a mi alcance que tomase posesión del Trono Esmeralda, aunque no veía el modo de hacerlo ya que no tenía conmigo ni los pergaminos ni mi inseparable bo.
Me dispuse a dar un primer paso hacia aquel ente fantasmal cuando advertí que no me encontraba solo. Me permití un atisbo de esperanza al descubrir a mi lado a un guerrero de la familia Akodo con la espada fuera de la saya.
Ambos intercambiamos un mensaje con la mirada, estábamos juntos en esto y no vacilaríamos en el cumplimiento de nuestro deber. Supe de alguna inexplicable manera que aquel samurai desconocido para mi respondía al nombre de Hideyori.
Apenas avanzamos unos pasos hacia aquel espíritu maligno cuando repentinamente el suelo desapareció bajo nuestros pies y nos precipitamos irremediablemente al vacío.
Eiji meditó su respuesta durante unos minutos en los que su alumno permaneció en un respetuoso silencio.
—Sin duda eres uno de mis alumnos con más talento, Nogura. Tu juventud e inexperiencia aún suponen un obstáculo en tu camino hacia el Entendimiento pero ello es algo que el tiempo y tus estudios te ayudarán a superar.
Como ya sabes, los Kitsu poseemos un gran talento para comunicarnos con los espíritus. Aunque esta habilidad es innata se requieren años de estudio en las escuelas Kitsu de shugenja para llegar a dominarla. Sin embargo, y he de confesar mi sorpresa y admiración por ello, inequívocamente tus sueños tienen su origen en Yomi.
Nogura no daba crédito a lo que estaba oyendo. De alguna manera, Eiji le estaba diciendo que algún espíritu del Reino de los Ancestros Bendecidos se estaba comunicando con él por medio de los sueños.
—Déjame continuar antes de que las dudas te lleven a pensar que tu maestro se ha vuelto senil— pidió el anciano adivinando el impacto que su revelación había causado en el aprendiz—. Hace cuatrocientos años, el Emperador Hantei XXII consiguió unificar a todos los clanes bajo el Estandarte del Crisantemo para combatir una amenaza terrible. Los espíritus de Iuchiban el hechicero, primero de los Portavoces de Sangre, y su mano derecha Asahina Yajinden, habían regresado a Rokugan al frente de un ejército de muertos que cobraban vida a su paso.
La batalla del Río Durmiente decidió el destino del imperio. Guerreros del León y la Grulla lucharon codo con codo olvidando siglos de enemistad, tropas del Cangrejo se lanzaron al ataque mientras confiaban en que los Escorpión guardaran sus espaldas. La lucha fue larga, terrible y cruenta, y los samurai tuvieron que soportar el peso añadido de luchar contra los cadáveres animados de sus propios antepasados.
Hantei XXII fue rodeado por el enemigo. Se encontraba aislado y su guardia personal eliminada. Todo parecía perdido cuando dos samurai se interpusieron entre el Emperador y las huestes de Iuchiban demostrando un gran valor, pues el soldado se encontraba herido y el shugenja había agotado su poder mágico durante la batalla.
Como ya habrás adivinado, el shugenja era tu antepasado Kitsu Nogura. El otro samurai respondía al nombre de Akodo Hideyori.
El enemigo cargó contra ellos, el Kitsu abandonó los pergaminos y esgrimió su wakizashi, el Akodo ignoró sus heridas con la fuerza del honor y empuñó su katana.
Murieron sin retroceder un solo paso, y su determinación contuvo al enemigo el tiempo suficiente para que las tropas de refresco llegaran en auxilio del Emperador.
Nogura trataba de ordenar sus ideas. Conocía perfectamente la historia de su antepasado pero no lograba comprender los motivos por los que su maestro la estaba recordando precisamente en estos instantes.
—Tu familia heredó de tu ancestro la obligación de visitar cada estación el templo Hakamono y velar por el bienestar de los monjes. Esta obligación fue contraída por tu antepasado cuando los monjes de Hakamono le salvaron la vida mientras desempeñaba un encargo para su señor. Lo que probablemente no sabes, es que otro samurai quedó en deuda con los monjes por el mismo motivo. Efectivamente, se trataba de Akodo Hideyori.
Aquellos dos samurai estaban unidos por un destino común y esos sueños que vives por las noches son un claro mensaje de tu antepasado. Tú, Kitsu Nogura, debes encontrar a Akodo Hideyori y unir tu destino al suyo.
El joven shugenja dedicó una profunda reverencia a su maestro impresionado por la sabiduría del anciano.
—Maestro, comenzaré de inmediato la búsqueda de Hideyori.
—Ya te lo dije antes— recordó Eiji al tiempo que sus labios formaban una sonrisa indulgente—. Hay un tiempo para todas las cosas. Proseguirás con tus estudios y yo me ocuparé de averiguar el paradero del descendiente de Akodo Hideyori. Me temo que cuando te reúnas con él necesitarás toda la preparación que podamos proporcionarte en la escuela.